Desde Antigua fuimos a Panajachel,
abreviado Pana, en uno de los coloridos autobuses locales. Fue un trayecto de dos horas y media. En Pana cogimos un barco hasta Santiago de Atitlán, un
trayecto de una hora. La superficie del lago tenía color azul intenso. Estaba
rodeado de volcanes y montañas picudas. El mismo lago estaba en el interior de
un cráter volcánico.
El pequeño pueblo de Santiago de Atitlán estaba entre los volcanes Tolimán y San Pedro. Lo más bonito era su entorno. Nos gustaban los embarcaderos de troncos de madera, entre cañas y juncos. En la plaza central había una blanca iglesia del s. XVI, frente al volcán. En los muros de la iglesia una losa de mármol recordaba que había sufrido los efectos devastadores de terremotos varias veces.
En la misma iglesia otra losa de mármol recordaba a los mártires de Santiago de Atitlán, que sufrieron la violencia causada por los 30 años de guerra civil en Guatemala, entre los años 1966 y 1998. Entre los mártires estaba el Padre Stanley Aple’s Rother, asesinado por la ultraderecha y muy querido por el pueblo.
En Santiago de Atitlán adoraban a Maximón, una deidad local mezcla de los dioses mayas antiguos, el conquistador Pedro de Alvarado y el bíblico Judas. Una extraña mezcla. La deidad residía en una casa diferente cada año, lo que resultaba un honor para el dueño, hasta el momento de la procesión. Entramos en una habitación en semioscuridad, iluminada por muchas velas a los pies de la figura del dios. La cara era de madera tallada, con sombrero, ropas y pañuelos superpuestos, y un cigarrillo encendido en la boca. Había tres hombres alrededor, encargados de hacerle las ofrendas de velas, cerveza y ron. Una curiosa ceremonia.
Nos alojamos en la fantástica Posada de Santiago, frente al lago y con vistas del volcán. Sus cabañas eran de piedra y madera. La nuestra tenía grandes ventanales, una chimenea central y una claraboya con un diván, ideal para tumbarse a leer. Por la noche encendimos la chimenea de leña y contemplamos el fuego hasta que se apagaron los rescoldos.
Al día siguiente cogimos la lancha pública a San Pedro de la Laguna por 10 quetzales (1,2 euros). Nos pusimos en la cubierta superior a tomar el sol. Paseamos por el pueblo de calles empinadas. Curioseamos su mercado, donde tomamos zumos de piña y naranja, y por la Iglesia blanca.
Luego cogimos otra
lancha de San Pedro de la Laguna hasta San Marcos, un trayecto corto de quince
minutos. Soplaba el viento que formaba olas en el lago. El paisaje era
impresionante, con la silueta de los volcanes de fondo.
San Marcos era diminuto. Nos alojamos en el Hotel Jinava, con cabañas entre jardines con helechos, palmeras y buganvillas, en la ladera de la montaña. Las vistas desde San Marcos eran preciosas y se distinguían tres volcanes. Bajamos por las escaleritas de piedra del hotel hasta la orilla del lago. Había varios embarcaderos de troncos. Nos bañamos junto a uno, el agua estaba fría, pero el sol te calentaba rápido. De día hacía calor y por la noche refrescaba, la temperatura descendía a 10º, era el clima del altiplano.
Al atardecer, en
la puesta de sol, los embarcaderos entre cañas y juncos, se veían preciosos.
Eran pasarelas con troncos verticales, que invitaban a sentarse apoyando la
espalda, para sentir los últimos rayos de sol. El sol se ocultaba por detrás de
los volcanes.
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