Desde Punta
Arenas embarcamos en el Evangelistas, de la naviera Navimag, un barco de
carga que transportaba ganado y pasajeros. Embarcamos a la una de la
madrugada y nos pusimos a dormir. Pasamos por el Estrecho de Magallanes
y a las siete nos despertó la megafonía informando de que pasábamos por La
Angostura, el paso más estrecho de todo el trayecto. Salimos a cubierta y disfrutamos de un paisaje espectacular
con montañas nevadas, reflejándose en la superficie del agua.
La tripulación nos
informó de que íbamos a recorrer 1.500km en los tres días de travesía por los
Canales Chilenos en el Océano Pacífico. Pasamos por el Golfo del Almirante
Montt y a lo largo del día por los canales de Santa María, el estrecho
Collingwood y el canal Sarmiento. El mar estaba muy tranquilo, al pasar entre
canales, pero ya nos avisaron que después sería movido.


Nos dejaron entrar
en el Puente de Mando a curiosear. Vimos los instrumentos de navegación
y pantallas de monitores que indicaban la profundidad del fondo marino. La
tripulación nos enseñó un compás magnético, los cronómetros que medían la
velocidad del viento y otros instrumentos que indicaban la posición y la
dirección del barco. En el cuaderno de bitácora indicaban las horas en
que finalizó la carga y la hora de zarpe de madrugada. Había dos pilotos y el
capitán. Uno de los pilotos manejaba el compás sobre una carta marítima. Aunque
tuvieran tantos instrumentos y GPS, el cálculo manual seguía siendo
imprescindible.
Vimos el Glaciar
Amalia, la lengua de hielo bajaba de la montaña. Las crestas del glaciar
estaban manchadas de barro por la morrena. En el frente del glaciar se
apreciaban los tonos azules y también las grietas.
La tripulación nos
ofreció interesantes charlas a bordo sobre los indios Kawesqar, sobre Puerto
Montt y el archipiélago Chiloé y sobre los modismos chilenos. También proyectaron
películas y tuvimos numerosas tertulias con otros viajeros, confraternizando con ellos y
con los tripulantes en el transcurso de los días.
Desembarcamos en Puerto
Edén. Como no había un puerto grande vinieron a buscarnos embarcaciones
pequeñas. El día estaba brumoso y lloviznó. Puerto Edén era una pequeña
población de pescadores con una comunidad de indios Kawesqar. El día
anterior nos dieron una charla interesante sobre estos indígenas, que no habían
podido adaptarse al llamado “progreso”.
El pueblo tenía unas pasarelas de madera como calle principal, y las construcciones eran de chapa y madera, muy modestas. Las mejores casas eran la escuela y la Oficina de Correos. Había un par de tiendas tipo colmado. Subimos al mirador para contemplar el entorno verde rodeado de mar. Las condiciones de vida de Puerto Edén nos parecieron bastante duras, en aquel aislamiento. Solo estaban comunicados a través del barco, un par de veces por semana. Total, que Puerto Edén ni tenía puerto, ni era el paraíso.
Pasamos por la Angostura
Inglesa de unos 180m de anchura, y por el Canal Messier, que era el
más profundo con unos 1300m. Allí estaba el Bajo Cotopaxi donde naufragó
el barco inglés que le dio nombre. Posteriormente naufragó otro barco en
1970, el griego Capitán Leónidas, pero no se había hundido. Su casco
oxidado y con musgo en la cubierta permanecía a flote en la superficie del mar,
como un fantasma. La Armada Chilena había colocado un faro. Pasamos junto
al pecio y lo vimos con los prismáticos desde el Puente de Mando. Lo vimos en
el radar convertido en una raya amarilla. El radar también captaba las olas
como pequeñas rayas.

Después pasamos
por el Golfo de Penas, en mar abierto, donde el Océano Pacífico
mostraba la falsedad de su nombre. Era la zona austral de Chile, conocida por sus
temporales y fuertes vientos y corrientes marinas . El barco empezó a bascular, meciéndose
de un lado a otro. Nos situamos en la cubierta exterior de popa, más protegida
del viento. Con un grupo de pasajeros jugamos a mantener las piernas abiertas y
perdía el que primero dejara el punto de apoyo. Al superar el Golfo de Penas la
tripulación nos informó de que las condiciones de la travesía fueron favorables,
con vientos de 30km y olas de 5m de altura, pero podían llegar a 12m o más. Evitamos
el mareo tomando las pastillas, pero no fue el caso de otros pasajeros. Así que
tuvimos mucha suerte.
El último día
navegamos por la Bahía Anna Pink, por el Canal Pulluche, el Canal
Moraleda (uno de los más anchos, con 4km) y por el Golfo de Corcovado. Al
despertar llegamos a Puerto Montt, el final de trayecto. Fue un crucero
poco convencional y fantástico, donde disfrutamos de paisajes únicos y
maravillosos.


