Mostrando entradas con la etiqueta Guatemala. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guatemala. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de febrero de 2003

LAS RUINAS MAYAS DE TIKAL

Desde Flores fuimos en bus, en un trayecto de una hora, hasta Tikal. El Parque Nacional de Tikal y sus ruinas mayas del año 700 d.C. eran Patrimonio de la Humanidad. Las ruinas estaban en medio de la selva, rodeadas de verde vegetación. Algunos templos todavía estaban envueltos de vegetación, formando colinas en las que habían crecido árboles con raíces retorcidas y con hojarasca. Así estaban cuando las descubrieron después de varios siglos de estar ocultas. 

Se oían los sonidos del canto de aves y los monos aulladores. Los monos quebraban las ramas al saltar y hacía caer las hojas. A nuestro paso por los caminos solitarios oímos los crujidos por todas partes. 

Para seguir el recorrido por las ruinas utilizamos el mapa de la guía de Lonely Planet. Leímos que para visitar todos los complejos principales era necesario andar unos 10km mínimo; los superamos con creces. Llevamos las mochilas pequeñas provistas de agua, cacahuetes y galletas saladas. El día amaneció húmedo y nublado, aunque lució el sol unas horas. 

Fuimos directos a la Gran Plaza, impresionante con dos grandes templos frente a frente, y varias estructuras laterales. Pasamos por el Templo 38, medio enterrado en una colina, que fue la primera que subimos. El Templo I era conocido como el Templo del Gran Jaguar, y fue construido en honor del rey Luna Doble Peine (curioso nombre), que estaba enterrado en él. Su construcción databa del año 734. Leímos que entre los presentes funerarios sepultados con el rey, había diversas espinas del pescado pastinaca, utilizadas habitualmente para punciones rituales con derramamiento de sangre, 180 objetos de jade, perlas y 90 clases de hueso con jeroglíficos grabados. Sus escaleras estaban cerradas por motivos de seguridad.




           

Frente a él estaba el Templo II, también llamado Templo de las Máscaras, con una altura de 38 metros. Fue el primero que subimos, trepando por sus altos escalones de piedra desgastada. Viendo la estatura de los guatemaltecos actuales, no pude evitar pensar en lo difícil que resultaría para un maya llegar a la cúspide, y más cargando pesos. Desde arriba contemplamos la panorámica de la plaza, despejada de vegetación, y las copas de los árboles de alrededor. 

Las estructuras laterales de la plaza recibían el nombre de Acrópolis Norte. Entre ella había dos enormes caretas de la pared, protegidas de las lluvias por unos tejadillos de cañas. La piedra estaba estaba muye desgastada y apenas distinguíamos el detalle de una oreja o el penacho de la cabeza. 

Seguimos el recorrido por la Acrópolis Central, que era un conjunto de patios y pequeñas salas como capillas. Pudo haber sido un Palacio en el que residió una familia de la nobleza de Tikal. 





Cercano estaba el Templo V, con las escaleras restauradas con piedra más blanca. La restauración había sido con cooperación de arqueólogos españoles. La subida no estaba permitida. En otros templos vimos un aviso que advertía: “Sube por su cuenta y riesgo”. 

Continuamos con la Plaza de los Siete Templos, y el Mundo Perdido con una pirámide central de 32m de alto. Subimos hasta la cima, que no estaba rematada por ninguna cresta, como la del Templo I. 

El Templo IV de 64m, era el más alto de Tikal y el segundo de toda la América     precolombina tras el Tigre en el Mirador en Guatemala. También culminamos la ascensión, conscientes de las agujetas que tendríamos al día siguiente. Después vimos varios complejos con nombre de letras: O, Q, R…Recuerdo especialmente el complejo Q porque lo dibujé sentada en la hierba, y porque frente a la pirámide tenía estelas y altares circulares.








Dejamos para el final el Templo VI, o Templo de las inscripciones, que estaba más alejado. Después de descansar en la hierba y comer algo en la Gran Plaza emprendimos el camino de vuelta. Estábamos solos y vimos pavos reales de cola azul eléctrico y ardillas de larga cola empinada, que huían a nuestro paso. La luz del día se atenuaba y las pirámides imponían su presencia. Los bloques de piedra estaban ennegrecidos por los años y las lluvias. Algunos tenían musgo verde. Impresionaba pensar que en todas aquellas ruinas había vivido hasta cien mil personas, en unos 30km2, y que era un misterio el declive de la civilización maya. 

Nos descalzamos para sentir la hierba y nos dejamos envolver por el canto de las aves y el concierto de gritos y rugidos de los monos aulladores, los verdaderos habitantes en la actualidad de la ciudad maya.





Viaje y fotos realizados en 2003

domingo, 16 de febrero de 2003

EL COLOR DE CHICHI

 

Chichicastenango estaba a 2.030 metros de altitud, rodeado de montañas y valles, y se notaba el ambiente fresco. Era conocido como Chichi y tenía importancia cultural por ser el lugar donde se encontró el Popol vuh, libro religioso maya quiché que narra el origen de la humanidad. 

En la plaza estaba la Iglesia de Santo Tomás, de un blanco inmaculado con una escalinata semicircular. En la Capilla del Calvario vimos como un hombre mayor hacía sus ofrendas. Llevaba una bolsa con velas, pétalos de rosas y licor. Encendió las velas y las colocó en las losas de mármol del pasillo central e la iglesia. Luego echó por encima unos pétalos y derramó el licor, mientras rezaba.




Las mujeres llevaban largas trenzas de pelo negro lustroso y vestían ropas coloridas. Muchas llevaban a sus hijos a la espalda, atados con pañuelos. 

El domingo era el día de mercado y había mucho ambiente. La plaza estaba ocupada por tenderetes hechos con palos y plástico negro a modo de toldo. La mayoría de los puestos eran de artesanía, sobre todo de tejidos y máscaras tradicionales, con las que se celebraban ceremonias mayas antiguas. 

En los porches de la plaza había otro mercado de dos plantas con un patio interior cubierto, que quedaba a resguardo del viento, el sol y el frío. El mercado era de frutas y hortalizas. Destacaba el rojo de los tomates, los rábanos lilas, el naranja de las zanahorias y el blanco de coles y cebolletas. Hicimos fotos desde la planta superior.



También había puestos de comida con ollas y cacerolas que calentaban al fuego de carbón. Vimos como elaboraban tortitas de maíz. Vendían piedras de yeso grandes, que utilizaban para ablandar el maíz. Los puestos ofrecían “antojitos” y comimos chicharrones, torta de maíz con guacamole y verduras, fríjoles, pollo frito, pastel de piña y papas. 


Nos sentamos en las escaleras de la iglesia y nos envolvió el humo de los sahumerios, que esparcían el agradaba olor del incienso de estoraque. Utilizaban una lata con agujeros, a modo de botafumeiro. Las escaleras estaban repletas de gente, y a nuestros pies estaban las floristas.




Nos alojamos en el Hotel El Arco, que tenía mucho encanto. Dos plantas con un patio con macetas y plantas. La habitación era enorme, con vigas de madera oscura y chimenea. Las lámparas eran muy originales, con tallas de madera representando animales, pintadas de colores.

Por la mañana hicimos una excursión al santuario de San Pascual Abaj. Nos acompañó Tomasa, una guía turística oficial que nos abordó en las escaleras de la Iglesia, mostrándonos sus credenciales. Hablaba cuatro idiomas: quiché, castellano, inglés y alemán. Tomasa tenía 25 años y vestía la indumentaria típica de colores, con un pañuelo atado a la espalda donde llevaba a su hijo de 8 meses, que parecía un muñeco con su gorro picudo azul. 

Tomasa nos llevó por un camino empinado hasta la cima de la colina. Pascual Abaj significaba “piedra del sacrificio”, y el santuario estaba dedicado al dios maya de la tierra, la fertilidad y la lluvia, un ídolo con cara de piedra que tenía cientos de años. El santuario era un túmulo de piedras con dos cruces. La piedra más cilíndrica tenía una cara en la parte superior, bastante desdibujada. 

Una mujer chamán quemaba incienso y hacía ofrendas. Las familias pagaban al chamán para que hiciera las ofrendas en su nombre, pidiendo salud, buena suerte para un negocio, amor para que funcionara una pareja o fertilidad. Las ofrendas eran velas, pétalos de flores, cigarrillos y chorritos de alcohol para los dioses. Contemplamos aquel ritual maya pagano, una ceremonia ancestral. 


Viaje y fotos realizados en 2003

jueves, 13 de febrero de 2003

EL LAGO ATITLÁN


 

Desde Antigua fuimos a Panajachel, abreviado Pana, en uno de los coloridos autobuses locales. Fue un trayecto de dos horas y media. En Pana cogimos un barco hasta Santiago de Atitlán, un trayecto de una hora. La superficie del lago tenía color azul intenso. Estaba rodeado de volcanes y montañas picudas. El mismo lago estaba en el interior de un cráter volcánico. Atitlán significaba “lugar de muchas aguas” o “el cerro circunvalado de agua”.

El pequeño pueblo de Santiago de Atitlán estaba entre los volcanes Tolimán y San Pedro. Lo más bonito era su entorno. Nos gustaban los embarcaderos de troncos de madera, entre cañas y juncos. En la plaza central había una blanca iglesia del s. XVI, frente al volcán. En los muros de la iglesia una losa de mármol recordaba que había sufrido los efectos devastadores de terremotos varias veces.

En la misma iglesia otra losa de mármol recordaba a los mártires de Santiago de Atitlán, que sufrieron la violencia causada por los 30 años de guerra civil en Guatemala, entre los años 1966 y 1998. Entre los mártires estaba el Padre Stanley Aple’s Rother, asesinado por la ultraderecha y muy querido por el pueblo.

En Santiago de Atitlán adoraban a Maximón, una deidad local mezcla de los dioses mayas antiguos, el conquistador Pedro de Alvarado y el bíblico Judas. Una extraña mezcla. La deidad residía en una casa diferente cada año, lo que resultaba un honor para el dueño, hasta el momento de la procesión. Entramos en una habitación en semioscuridad, iluminada por muchas velas a los pies de la figura del dios. La cara era de madera tallada, con sombrero, ropas y pañuelos superpuestos, y un cigarrillo encendido en la boca. Había tres hombres alrededor, encargados de hacerle las ofrendas de velas, cerveza y ron. Una curiosa ceremonia.


Nos alojamos en la fantástica Posada de Santiago, frente al lago y con vistas del volcán. Sus cabañas eran de piedra y madera. La nuestra tenía grandes ventanales, una chimenea central y una claraboya con un diván, ideal para tumbarse a leer. Por la noche encendimos la chimenea de leña y contemplamos el fuego hasta que se apagaron los rescoldos.


Al día siguiente cogimos la lancha pública a San Pedro de la Laguna por 10 quetzales (1,2 euros). Nos pusimos en la cubierta superior a tomar el sol. Paseamos por el pueblo de calles empinadas. Curioseamos su mercado, donde tomamos zumos de piña y naranja, y por la Iglesia blanca. 

Luego cogimos otra lancha de San Pedro de la Laguna hasta San Marcos, un trayecto corto de quince minutos. Soplaba el viento que formaba olas en el lago. El paisaje era impresionante, con la silueta de los volcanes de fondo.

San Marcos era diminuto. Nos alojamos en el Hotel Jinava, con cabañas entre jardines con helechos, palmeras y buganvillas, en la ladera de la montaña. Las vistas desde San Marcos eran preciosas y se distinguían tres volcanes. Bajamos por las escaleritas de piedra del hotel hasta la orilla del lago. Había varios embarcaderos de troncos. Nos bañamos junto a uno, el agua estaba fría, pero el sol te calentaba rápido. De día hacía calor y por la noche refrescaba, la temperatura descendía a 10º, era el clima del altiplano.

Al atardecer, en la puesta de sol, los embarcaderos entre cañas y juncos, se veían preciosos. Eran pasarelas con troncos verticales, que invitaban a sentarse apoyando la espalda, para sentir los últimos rayos de sol. El sol se ocultaba por detrás de los volcanes.











Viaje y fotos realizados en 2003