jueves, 10 de septiembre de 2015
LOS MANGLARES DE LOS SUNDARBANS
jueves, 6 de junio de 2013
SEÑALES VIAJERAS DE SUDÁFRICA
sábado, 28 de octubre de 2006
EL PARQUE NACIONAL SUNDARBANS
Desde Calcuta contratamos una excursión de dos días para visitar el Parque Nacional Sunderbans, en el estado de Bengala. El paisaje durante el trayecto fue precioso, una sucesión de lagunas a ambos lados de la carretera, entre arrozales bordeados por palmeras y árboles. Entre tanta agua las casas estaban construidas sobre estrechas lenguas de tierra, y a veces tenían un puente de bambú para llegar hasta ellas.
Sunderbans era el mayor parque de manglares del mundo, en el Delta del río Ganges, abarcando dos países India y Bangladesh. Tenía 2400km2 en India y 3600km2 en Bangladesh. Era Patrimonio de la Humanidad. La palabra “sunderban” derivaba del árbol sundari, que podía alcanzar 25m de altura y cuya madera se empleaba en la construcción de barcos, casas, postes eléctricos y railes de tren por su resistencia al agua.
Cogimos un barco por el río Ganges de gran anchura, y nos adentramos por estrechos canales. Nos cruzamos con otras embarcaciones, repletas de pasajeros. El trayecto era muy relajante contemplando el bosque de manglares en ambas orillas. Todo aquel verdor se reflejaba en la quieta superficie del agua, el mejor espejo. Encontramos varios pescadores en el recorrido, lanzando sus redes.
Se veía el barro
blando con el entramado de las raíces aéreas de los manglares, que se extendían
buscando el agua. Era zona pantanosa con marismas. Pequeños bichos
correteaban por el fango: sanguijuelas, renacuajos y cangrejos diminutos.
En el tronco y las ramas de los árboles se distinguía el nivel de crecida del
río.
Visitamos un
pequeño y tranquilo pueblo con casas de adobe. Habían construido senderos
altos sobre las lagunas con ladrillos para evitar el barro. Vacas y cabras
pastaban por allí. Pasamos por el colegio, con los escolares pulcramente
uniformados, con camisas blancas y faldas o pantalones azules. Nos cruzamos con
mujeres con sari, acarreando recipientes con agua, y gente en bicicleta. Vimos
grupos de hombres sentados en el suelo, jugando a cartas. Era un pueblo bonito
y tranquilo.
Vimos aves, monos. ciervos entre la maraña de troncos, una iguana de largo cuello saliendo del agua y algún cocodrilo descansando en la orilla fangosa. Al día siguiente recorrimos otro tramo del Delta. En el Centro de Interpretación había una maqueta del parque y los recorridos permitidos. Nos gustaba ver las raíces de los manglares como largos dedos hundiéndose en el barro. Los canales llegaban hasta el mar, a la Bahía de Bengala.
Nos cruzamos con un barco-dispensario, con una cruz roja en la proa. Llevaba el nombre del escritor Dominique Lapierre y City of joy. Nos dijeron que lo patrocinaba él, para atender las necesidades sanitarias de las poblaciones del río.
Volvimos a coger
el barco y fuimos hasta una de las torres de observación de tigres. En 2004
se calculaba que había unos 274 ejemplares de tigres, pero decían que verlos
era la excepción, no la regla. Ni rastro de los tigres, pero disfrutamos de la
verde extensión de las copas de los árboles y de la belleza del paisaje de los Sundarbans.
viernes, 7 de octubre de 2005
EL DELTA DEL ORINOCO
Tras varias horas de navegación nos
detuvimos en un campamento. Una de las mujeres nos preparó la comida. Se sentó
en el embarcadero y con un machete grande empezó a quitarle las escamas a un
gran pescado. Preguntamos el nombre y dijo que era un “morocoto”. Acompañaron
el pescado con arroz, fríjoles y banana frita. Luego nos tumbamos en las
hamacas.
Cogimos de nuevo la barca y nos adentramos
en canales más estrechos. En esos caños la vegetación de las orillas es
exhuberante y está más próxima. Vimos delfines oscuros, jugando y
saltando. Eran tan rápido y tan imprevisible el lugar por donde asomarían que
aunque les seguimos con la barca no pudimos fotografiarlos. Encontramos una
tortuga pequeña posada sobre el tronco cortado de una palmera. En seguida se
sumergió al acercarnos.
Paramos en uno de los caños más angostos y bajamos a tierra, pisando terreno pantanoso. El barquero nos mostró la planta del cacao, el árbol del palmito, las toronjas, ají picante y unos frutos rojos pequeños que se usaban como colorante. Vimos tarántulas, escondidas en una planta tipo palmera baja. Era negra y peluda, más grande que mi mano. Estábamos junto a ella y nos agachamos para verla mejor, aunque con precaución. Pero Luis, nuestro barquero, colocó su mano a un centímetro de la tarántula y ni se inmutó. Dijo que si no se la atacaba no hacía nada. La tarántula nos ignoró, pero los mosquitos del pantanal nos acribillaron.
Visitamos una comunidad de los indios warao.
Leímos que “wa” significa “canoa” y “rao” significa “hombre”. Esas comunidades
solían estar aisladas por familias, repartidas en las orillas del Orinoco. En
todas se distinguían las hamacas colgantes, meciéndose con alguien que
contemplaba el paso del río y del tiempo. En la aldea subimos a una curiara
a remo, la embarcación tradicional tallada en un tronco vaciado. Fue muy
relajante deslizarnos con la curiara por el río, en el silencio de la jungla,
contemplando el reflejo de los árboles en la superficie del agua.