domingo, 8 de septiembre de 2024
NAVEGANDO EL RÍO CONGO
jueves, 20 de febrero de 2003
BUCEO EN CAYO CAULKER
Desde Flores, en Guatemala, cogimos un autobús hacia Belize. Atravesamos la capital, Belmopan, de casas de dos plantas. Luego llegamos a Belize City y desde allí cogimos una barca hasta Cayo Caulker, un trayecto de unos 45 minutos.
Los Cayos eran islas dentro de la barrera del arrecife. Al llegar a la playa se veían a lo lejos las crestas de espuma y se oía el rugido de las olas. El color del Mar Caribe era muy bonito, alternando franjas de verde y azul turquesa. Nos alojamos en los bungalows de Ignacio, un hippie de la isla. Los bungalows pintados de lila, eran palafitos frente al mar, entre palmeras. Compartimos el bungalow con otro inquilino, una iguana de casi dos palmos. Salía a tomar el sol en los tablones del porche y huía cuando nos acercábamos demasiado.
Las palmeras inclinaban sus troncos hacia el mar. En la playa habían construido varios embarcaderos, ya que la marea baja dificultaba el acceso de las embarcaciones. Nos bañamos junto al muelle principal. Cerca había grupos de pelícanos, bañándose como nosotros en el mar. En primera línea de playa había un cementerio, con las mejores vistas para la eternidad.
El pueblo de Cayo
Caulker estaba formado básicamente por dos calles paralelas. Eran calles de
arena, sin pavimentar, y los únicos vehículos eran bicicletas y buggies
eléctricos y silenciosos. Había pocos buggies y no molestaban. Unos cuantos
bares y restaurantes, algún supermercado y un banco. Algunos hablaban español
con acento cubano. Había población negra y bastantes rastafaris con su estilo
inconfundible, con las gorras coloridas abultadas por las trenzas.
Al día siguiente
contratamos una excursión en el chiringuito de Carlos Ayala, para hacer buceo
en el Parque de los Corales. Alquilamos las aletas y las máscaras. Fuimos
en una lancha unas doce personas, con Carlos y Oswaldo, un chileno de larga
melena que le ayudaba. Hicimos dos inmersiones por la mañana, nos dejaron una
hora para comer en Cayo San Pedro, y por la tarde hicimos la última
inmersión.
Nada más sumergirnos vimos grandes tortugas marinas cerca de nosotros. Flotaban ligeras en el agua con su gran caparazón, moviendo la cabeza y las aletas. También vimos varias rayas de color gris oscuro, con su afilada cola y movimientos ondulantes. Casi siempre iban en parejas, una estaba camuflada, semienterrada en la arena blanca del fondo. Tuvimos la suerte de ver una raya águila, tal vez un poco más ancha y con manchas en su piel.
Hubo momentos en que estábamos rodeados de grandes peces que se cruzaban entre nuestras piernas. Vimos peces trompeta alargados, otros amarillos, rayados, azul eléctrico y el pez rainbow, con todos los colores del arco iris. Cerca nadaba un pequeño tiburón con las aletas dorsales, se perdió en el límite del abismo de la barrera de coral. A veces íbamos nadando bordeando el límite de ese abismo, envueltos en ese silencio acústico que siempre nos impresionaba. Si sacabas la cabeza fuera del agua, oías el rugido de las olas cuando rompían en el arrecife. Hicimos las fotos con una cámara submarina desechable de Fotoprix. Fue un gran snorkel.
Entre los corales
vimos corales tubulares como dedos que se movían con la
corriente, de color verde claro, corales ramificados (como uno que
llamaban “abanico real” de color lila) y los corales con surcos en forma de
laberintos. También había plantas acuáticas en el fondo arenoso, las praderas de
posidonia submarina.
Después de la primera inmersión hicimos una parada en Cayo San Pedro. Era la “isla bonita” de la canción de Madonna. Era más grande y urbanizada que Cayo Caulker, con más hoteles, bares y restaurantes. Y bastante más caro. Como lo habíamos leído, llevábamos víveres en la mochila. También vimos pelícanos por allí. Nos tumbamos en el pareo a la sombra de una palmera y contemplamos del mar verdeazulado.
Regresamos a Cayo
Caulker contentos y cansados. Nos duchamos en el bungalow lila y cenamos en “The
poorman” pescado al grill con fríjoles y puré de papas con ajito. Al día
siguiente partimos hacia Punta Gorda, en el extremo sur, para cruzar de nuevo a
Guatemala. Fue una breve incursión en Belize, de un par de días, pero la
disfrutamos.
miércoles, 8 de diciembre de 1993
LA CIUDAD DE PIEDRA DE ZANZIBAR
Desde Dar es Salaam cogimos un ferry hasta la isla de Zanzíbar, un trayecto de 45 minutos por el Océano Índico, que se convirtió en tres horas por avería del barco. En el Puerto vimos los dohwns árabes, las embarcaciones de vela tradicionales.
La Ciudad de Piedra era el casco antiguo de Zanzíbar, considerado Patrimonio de la Humanidad. Callejeando encontramos edificios con mezcla de arquitectura árabe, oriental y africana. Casas blancas encaladas, con balcones de madera, ventanas en arco y puertas de madera labrada, con adornos de latón dorado.
Por las calles se veía una mezcla de razas mayor que en Dar es Salaam, pieles de todas las tonalidades y rasgos del cruce de razas. Indias con sari, musulmanas con caftán negro y musulmanes con casquete y negritas con estampados de colores.
Preguntamos donde estaba la Catedral de San José y nos acompañó un indio de Goa, de religión católica. Nos comentó que vivía allí desde niño y que los católicos eran minoría en Zanzíbar. Había mucha emigración del continente indio y de Sri Lanka, entre otros lugares.
El Fuerte con almenas y bastiones fue construido por los portugueses en 1700. Frente a él las velas blancas de los dhowns árabes cruzaban el mar. Alrededor había chiringuitos con pescado frito y en empanadas, pinchitos, patas y piñas frescas y jugosas. Unas máquinas trituraban la caña de azúcar, y vendían zumo de caña de azúcar con limón y jengibre.
Fuimos a ver la casa
del explorador David Livingstone, que le había cedido el Sultán de Zanzíbar
cuando estuvo en la isla. Lugo vimos el antiguo mercado de esclavos, donde
había una iglesia católica que primero fue anglicana. En una placa informaban
de que Livingstone había luchado contra el tráfico de esclavos.
Otro día alquilamos una barca para ir a la Isla Changuu, antes llamada Isla de la Prisión, porque hubo una cárcel para los esclavos rebeldes. Vimos los restos que quedaban de ella, murros semiderruidos de las celas que aún conservaban intactas las rejas. Lo que los esclavos veían tras esas rejas era un paisaje precioso. El mar verde y azul, por el que siempre se deslizaba alguna vela blanca de un dhown árabe. Debía ser especialmente cruel verse encerrado en un entorno tan bello.
La isla tenía unas
enormes tortugas, que paseaban indiferentes por allí. Sus caparazones medían
más de un metro. De vez en cuando estiraban su rugoso cuello y nos miraban con
sus ojos vidriosos. Tenían una piel tan recia y rugosa como los elefantes. Las
tortugas pequeñas estaban bajo una construcción, para protegerlas.
Dimos la vuelta a
la isla por un camino que bordeaba el agua. Era muy verde, con una vegetación
densa, y veíamos entre las ramas de los árboles las blancas velas cruzando el
mar. Cerca de la playa vimos estrellas de mar de color rojo. Con la barca fuimos
a hacer snorkel, el buceo con tubo y aletas. El fondo marino era
precioso con corales, erizos de mar y peces de todas las formas y colores:
redondos y planos con rayas amarillas, otros alargados con rayas negras y azul
eléctrico.
Viaje y fotos de 1993