jueves, 4 de septiembre de 2014

LAS IGLESIAS DE KIZHI

 

 
 
 

Desde Petrozavodks cogimos un hidroplano hasta la isla de Kizhi, en las orillas del lago Onega. El hidroplano levantaba el morro sobre una especie de patas al coger velocidad y parecía un extraño insecto. El trayecto duró una hora y media.

Kizhi era una estrecha franja formada por 6km. de verdes prados ondulados, y con sólo 370 habitantes. Desde el agua vimos la silueta de la Iglesia de la Transfiguración, construida en 1714, con sus 22 cúpulas de madera, y considerada Patrimonio de la Humanidad. Era un entramado de piezas de madera sin ningún clavo en su estructura, como algunas iglesias tradicionales de Polonia y otros países del este. No se podía entrar porque estaba empezando a inclinarse y estaba apuntalada por un andamio de acero. Era una preciosidad de iglesia, con una simetría especial y muy original.



 

Junto a ella estaba la Iglesia de la Intercesión, finalizada en 1764. Tenía nueve cúpulas y conservaba una colección de iconos ortodoxos de los s.XVI-XVII. Tres monjes con largas vestiduras negras cantaron a capela ante el altar, transportándonos a otros tiempos.

En la isla también había un viejo molino de viento y visitamos las casas museo típicas de la región de la Karelia, con mobiliario antiguo y muy acogedoras, sobre todo las zonas junto al fuego de las cocinas. Aunque con todas las grietas de las maderas no costaba imagina la dureza de los inviernos nevados en las viviendas. En los graneros guardaban trineos para la nieve y todo tipo de utensilios agrícolas de labranza: arados, correas, azadones…


 
 


Algunos habitantes de Kizhi recreaban la vida en las aldeas ejerciendo su oficio de carpinteros, tocando campanas, tejiendo en los telares….Las mujeres llevaban pañuelos en la cabeza atados al cuello, como antaño. En la actualidad las rusas también se colocaban pañuelos en la cabeza al entrar en las iglesias, como símbolo de tradición y  respeto.

Las casas estaban esparcidas entre prados verdes con florecillas, y caminábamos por los senderos porque nos habían advertido al llegar a la Reserva de que había muchas serpientes, aunque no tuvimos ningún encuentro indeseado con ninguno de esos ejemplares.

 

© Copyright 2011 Nuria Millet Gallego


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