Desde el pueblo de
Dambulla fuimos a Sigiriya, un trayecto corto de 22km. Utilizamos los triciclos
mototaxis que llamaban tuk-tuk, un transporte cómodo, barato y fresquito.
Eran populares en Sri Lanka y toda Asia, y los utilizaban los escolares y hasta
los monjes.
La gran mole de roca de Sigiriya estaba en sombra, mejor para emprender la ascensión. Era de origen volcánico, negra con vetas rojizas y anaranjadas que resaltaban al sol. Sigiriya era un yacimiento arqueológico con las ruinas de un complejo palaciego. Fue un palacio-fortaleza, construido por el rey Dhatusena en el año 473 d.c. Luego sirvió de refugio monástico, y fue redescubierta por los arqueólogos durante la era colonial británica. Declarada Patrimonio de la Humanidad.
Tenía 200m de altura. Subimos por los escalones de piedra mientras soplaba un fuerte viento que aliviaba el calor. Unas escaleras metálicas en zigzag llevaban a la zona donde estaban los famosos frescos de Sigiriya. Leímos que en el s. XIII eran casi 500 figuras y que subsistían una veintena, resguardadas de la lluvia y el viento por la verticalidad de la roca. En buen estado solo vimos cinco o seis.
Cerca estaba el muro con grafitis antiguos, donde los visitantes de otros tiempos habían anotado sus impresiones sobre las pinturas murales.
En la cima de la roca el viento era muy fuerte. Se veían los restos de los muros que habían formado el palacio y sus habitaciones. Los peldaños eran de mármol tan desgastado que ya no se apreciaba. Vimos lo que quedaba del trono real y de la piscina. Solo había un arbolillo que ofrecía su sombra. Contemplamos las magníficas vistas de una llanura arbolada que se extendía a nuestros pies.