Desde Alejandría fuimos en bus hasta Siwa, en un trayecto de ocho horas. El pueblo tenía un ambiente tranquilo y algo aletargado. Se veían carromatos llevados por burros y se oían sus rebuznos por los rincones.
La Fortaleza Shalil dominaba el pueblo, sobre una colina. Sus muros de adobe estaban medio derruidos y carcomidos, con formas extrañas, casi dalinianas. Esos muros habían sido construidos con un material conocido como Kershof, grandes trozos de sal procedentes del lago de las afueras mezclados con rocas y arcilla de la zona. Fue construida en el s. XII y era un laberinto de edificaciones de entre cuatro y cinco metros de altura.
En sus calles vimos a un barbero rasurando la barba de su cliente al aire libre, y grupos de niñas revoltosas. Leímos en la guía de Lonely Planet que durante siglos pocos extranjeros eran admitidos en su interior, y menos aún salían para contarlo. La Mezquita tenía un alto minarete, aún en pie. Desde la parte alta de la Fortaleza Shalil contemplamos la puesta de sol.
Nos alojamos en el Shali Lodge, un precioso hotel de adobe en el interior del palmeral, con mucho encanto. Lo construyó el ecologista Munir Neamatallah. Las siete habitaciones estaban alrededor de un patio con anchas columnas. Tenía dos terrazas con cojines en el suelo, y otros salones para descansar.
Al día siguiente fuimos en un taxi-burro, cubierto con un toldillo y asientos laterales, a ver el mítico Oasis de Siwa. No podía negarse que era un transporte tranquilo y ecológico, El palmeral era muy extenso., una gran mancha de verdor en el desierto dorado. La población vivía de la agricultura, con palmeras datileras y oliveras, regados con agua de pozos y manantiales.
En el oasis fuimos al baño de Cleopatra: una gran piscina de piedra circular con agua cristalina de manantial, rodeada de palmeras que se reflejan en la verde superficie. Y en aquella agua verdosa y fresca nos sumergimos, sintiendo la caricia de las algas que crecían en el fondo. Fuera leyenda o no, el lugar era un rincón idílico, digno de una reina.
Fuimos al Manantial de Fatmas, de forma circular y más pequeño que el baño de Cleopatra. En Ayhumi, a 4km de Siwa, vimos el Templo del Oráculo de Amón, uno de los oráculos más venerados del Mediterráneo (junto con el de Delfos) y el Templo de Um Ubayd, también dedicado a Amón y poco conservado.
Acabamos con la Montaña de los Muertos, un laberinto de tumbas excavadas en la roca. La colina estaba totalmente horadada. Leímos que las tumbas habían sido utilizadas como refugio cuando los italianos bombardearon el oasis durante la II Guerra Mundial, y que se conservaban algunas pinturas. Un guardia nos llevó a tres de ellas, protegidas con candados para protegerlas.
Tras acabar nuestro tour-donkey por el Oasis de Siwa nos fuimos a un chill-out, con alfombras, coloridos tejidos en las paredes y cojines en el suelo. Pedimos lassi y tahine, la pasta de sésamo, y contemplamos como el aire movía las hojas de las palmeras.
Cleopatra, la soberana que
intentó afirmar la independencia de Egipto ante Roma, representa el
pasado. Creí ver el presente y el futuro en todas aquellas estudiantes reunidas
en la explanada ante la Biblioteca de Alejandría, y en las niñas que encontramos en Siwa y por todo Egipto. Y aunque la tradición del
velo negro se mantenga, es una pincelada en el presente. El futuro de Egipto se
viste de colores claros. Ellas son el futuro.




No hay comentarios:
Publicar un comentario