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viernes, 8 de mayo de 2009

EL OASIS DE SIWA Y EL BAÑO DE CLEOPATRA



Desde Alejandría fuimos en bus hasta Siwa, en un trayecto de ocho horas. El pueblo tenía un ambiente tranquilo y algo aletargado. Se veían carromatos llevados por burros y se oían sus rebuznos por los rincones. 

La Fortaleza Shalil dominaba el pueblo, sobre una colina. Sus muros de adobe estaban medio derruidos y carcomidos, con formas extrañas, casi dalinianas. Esos muros habían sido construidos con un material conocido como Kershof, grandes trozos de sal procedentes del lago de las afueras mezclados con rocas y arcilla de la zona. Fue construida en el s. XII y era un laberinto de edificaciones de entre cuatro y cinco metros de altura. 



En sus calles vimos a un barbero rasurando la barba de su cliente al aire libre, y grupos de niñas revoltosas. Leímos en la guía de Lonely Planet que durante siglos pocos extranjeros eran admitidos en su interior, y menos aún salían para contarlo. La Mezquita tenía un alto minarete, aún en pie. Desde la parte alta de la Fortaleza Shalil contemplamos la puesta de sol.










Nos alojamos en el Shali Lodge, un precioso hotel de adobe en el interior del palmeral, con mucho encanto. Lo construyó el ecologista Munir Neamatallah. Las siete habitaciones estaban alrededor de un patio con anchas columnas. Tenía dos terrazas con cojines en el suelo, y otros salones para descansar. 

  



Al día siguiente fuimos en un taxi-burro, cubierto con un toldillo y asientos laterales, a ver el mítico Oasis de Siwa. No podía negarse que era un transporte tranquilo y ecológico, El palmeral era muy extenso., una gran mancha de verdor en el desierto dorado. La población vivía de la agricultura, con palmeras datileras y oliveras, regados con agua de pozos y manantiales.




En el oasis fuimos al baño de Cleopatra: una gran piscina de piedra circular con agua cristalina de manantial, rodeada de palmeras que se reflejan en la verde superficie. Y en aquella agua verdosa y fresca nos sumergimos, sintiendo la caricia de las algas que crecían en el fondo. Fuera leyenda o no, el lugar era un rincón idílico, digno de una reina.





 
 
 

Fuimos al Manantial de Fatmas, de forma circular y más pequeño que el baño de Cleopatra. En Ayhumi, a 4km de Siwa, vimos el Templo del Oráculo de Amón, uno de los oráculos más venerados del Mediterráneo (junto con el de Delfos) y el Templo de Um Ubayd, también dedicado a Amón y poco conservado.

Acabamos con la Montaña de los Muertos, un laberinto de tumbas excavadas en la roca. La colina estaba totalmente horadada. Leímos que las tumbas habían sido utilizadas como refugio cuando los italianos bombardearon el oasis durante la II Guerra Mundial, y que se conservaban algunas pinturas. Un guardia nos llevó a tres de ellas, protegidas con candados para protegerlas. 




Tras acabar nuestro tour-donkey por el Oasis de Siwa nos fuimos a un chill-out, con alfombras, coloridos tejidos en las paredes y cojines en el suelo. Pedimos lassi y tahine, la pasta de sésamo, y contemplamos como el aire movía las hojas de las palmeras.


Cleopatra, la soberana que intentó afirmar la independencia de Egipto ante Roma, representa el pasado. Creí ver el presente y el futuro en todas aquellas estudiantes reunidas en la explanada ante la Biblioteca de Alejandría, y en las niñas que encontramos en Siwa y por todo Egipto. Y aunque la tradición del velo negro se mantenga, es una pincelada en el presente. El futuro de Egipto se viste de colores claros. Ellas son el futuro.


lunes, 24 de octubre de 2005

BUCEO EN LOS ROQUES















En Los Roques nos apuntamos a una excursión en barca a la zona más lejana al arrecife de coral de las islas, Boca de Cote. Se tardaba unos cincuenta minutos en llegar. El mar tenía unas tonalidades turquesas preciosas. Parecía tranquilo al principio, pero había mucha brisa y se formó fuerte oleaje. La barca cabalgaba las olas que golpeaban el casco, la proa se levantaba con la velocidad y recibíamos constantemente una ducha de agua salada.

Hicimos snorkel, el buceo con tubo y vimos corales en forma de laberintos, arborescentes o cilindros verdes. Los peces también eran de gran variedad: amarillos con rayas grises, azul eléctrico, negros, plateados, cebras, arcoiris, tigres…azul claro con los labios rosas o blancos y peces alargados con el morro en forma de espátula. Algunos estaban agrupados en grupos de diez o más, bajo el saliente de algún coral y se quedaban inmóviles, dejándose mecer por la corriente. Donde había corales la profundidad era poca, pero llegaba un momento en que la pared de coral acababa, el color del agua cambiaba y se abría una profundidad vertical.



Paramos en un palafito abandonado, habitado por pelicanos y otras aves que descansaban en las maderas del embarcadero. Junto a él había un banco de arena con un islote blanco formado por grandes caracolas.

Luego el barquero nos dejó en la Isla Crasquí. Todas las islas tenían nombres terminados en “quí” que venía de la palabra inglesa “Key”, cayo en castellano. Allí hicimos otra inmersión fantástica y encontramos más peces de lo que esperábamos.

Otro día fuimos a la Isla Francisquí, más cercana. La zona para hacer snorkel se llamaba La Piscina, porque quedaba protegida por una barrera de coral bien visible, donde rompían las olas. Nadar entre los peces y corales, rodeados del silencio marino, fue una de los grandes experiencias del viaje por Venezuela.