miércoles, 23 de octubre de 1991

EL PAÍS DOGON

Desde Mopti fuimos al País Dogon. El pueblo Dogón era un grupo étnico de la región central de Mali, cerca de la ciudad de Bandiagara. Conservaban su cultura y tradiciones ancestrales. La primera sensación que tuvimos fue de irrealidad, porque eran pueblos de adobe apiñados, colgados de los acantilados, construidos sobre rocas escarpadas. Nos alojamos en el poblado de Sangha. 

La zona se llamaba la Falaise de Bandiagara, y había unos diez pueblos en la parte alta del acantilado, y unos cuarenta pueblos en la llanura. El acantilado de Bandiagara era Patrimonio de la Humanidad.




Los ancianos eran muy respetados en la cultura dogon, se les atribuía sabiduría. El anciano más sabio, llamado Hogon, era el jefe del poblado, un líder espiritual y político. Decían que era tradición que el jefe ofreciera una bolsa de nueces de kola a los visitantes. Los hombres se reunían en la Casa de la Palabra, llamada Toguna, a discutir los asuntos de la comunidad. Era una construcción de techo bajo, formado por ocho capas de tallo de mijo. En ella no se podía estar de pie, para que todos estuvieran a la misma altura y evitaba la violencia si las discusiones se acaloraban.




El paisaje era bastante peculiar. Los pueblos de la parte alta del acantilado tenían dificultades para conseguir el agua. Bajaban a buscarla y volvían a subir por las rocas, llevando el agua en cuencos hechos de calabaza, en equilibrio sobre sus cabezas. La verdad es que era admirable ver a las mujeres y los niños con la carga en la cabeza y subiendo con agilidad el camino en la montaña.


La mayoría de los Dogón practicaban la religión tradicional africana, basada en la creencia en un creador supremo, la adoración de los antepasados y los espíritus de la naturaleza. También había una minoría que practicaba el Islam y el cristianismo.

Ibrahim, nuestro guía dogon, nos llevó a ver las tumbas excavadas en las paredes de roca del acantilado. Se llegaba hasta ellas por un sistema de combinación de cuerdas colgadas, que solo conocía el marabú, el brujo del poblado. El secreto de esta combinación se transmitía al muchacho que iba a ser el sucesor. Ibrahim nos habló de los ritos funerarios dogones, con danzas y máscaras ceremoniales. Nos hubiera gustado presenciarlos, pero el viaje continuaba. 






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