Ante los molinos
contemplamos la llamada Pequeña Venecia, una hilera de casas blancas con
balcones azules y granates, asomados al mar Egeo. Es el paseo marítimo de la isla y tiene terrazas al borde del mar. Los comerciantes crearon el
barrio en el s. XVIII para que sus casas tuvieran acceso al mar. Las Islas Jónicas
fueron una posesión de ultramar de la República de Venecia desde el s. XIV
hasta s. XVIII,
Chora es un pueblo con calles laberínticas y estrechas encaladas,
con balcones y ventanas azules y verdes, salpicadas de los colores lilas y
morados de las buganvillas. Algunos balcones son granates, pero predomina el
azul marinero. Una de las calles más bonitas es Agias Paraskavis, donde estábamos
alojados, en el Studio Eleni. Las calles tienen pequeñas tiendas de artesanía
de calidad y tabernas con encanto con sillas de colares y decoración marinera.
El Molino Boni está en
la zona más alta de Chora, formaba parte del Museo de Agricultura y podía verse
como funcionaba antiguamente.
Estos molinos fueron muy importantes en la economía local por ser una de las principales paradas en la ruta comercial entre Venecia y Asia. Los barcos descargaban el trigo en el puerto y los molinos convertían el cereal en harina para alimentar con pan a las tripulaciones. Las islas exportaban pasas, aceite de oliva y vino.
Dedicamos otro día a las playas de Mykonos. Desde la estación La Fabrika
cogimos un bus hasta la playa Platys Gialos, de arena dorada y agua
transparente de bonito azul verdoso. Casi toda la playa estaba invadida por
toldillos o parasoles con colchonetas. Desde Platys Gialos sale un barco-taxi que
hace un recorrido por varias playas de la isla. Primero fuimos a la más lejana, playa Elia, con acantilados escarpados en los extremos. El paisaje de fondo es
bastante árido y terroso, pero el agua tiene una tonalidad verde azul transparente.
Allí nos bañamos y picamos un aperitivo griego a la sombra.
Pasamos tres días en la isla y cada atardecer contemplamos la puesta de sol entre los molinos y la pequeña Venecia. La vida nocturna era animada, pero somos poco noctámbulos y preferimos madrugar; con paseos tras la cena teníamos bastante. Y en sus bonitas tabernas disfrutamos de la gastronomía local: calamares, pulpo, pescados, zuchini (los buñuelos de calabacín) y vino blanco griego o cervezas Alfa y Mythos. Una isla de gran belleza, con muchos atractivos.





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