La sala
del oratorio tiene 136m de largo, iluminada por grandes lámparas
de cristales, con altas columnas formando arcos, techos decorados con
motivos florales y geométricos y suelos alfombrados. En otra sala está el Sepulcro de Hussein, en el interior de una estructura
plateada. Impresiona el fervor de la multitud, que se arremolinaba alrededor intentando tocarlo con la
mano.
Los Caravanserai eran los centros donde paraban las antiguas caravanas de mercaderes de las rutas entre Europa y Asia. Eran amplios recintos con un patio central y múltiples habitaciones alrededor. En el patio se alojaban los animales y las mercaderías (telas, especias, piedras preciosas).
Visitamos
uno completamente restaurado, el Khan Asad Pacha, con arcos
abovedados, que se mostraba como museo. Se accedía a él por un gran portalón de
madera, con una cerradura inmensa con su llave correspondiente. El guardián lo
abrió sólo para nosotros. Pero debían ser más interesantes llenos de vida y
bullicio; no costaba imaginarlos así. Creo que me sugestioné y vi a los
camellos con sus alforjas, bebiendo en el surtidor del patio, rodeados de
mercaderes que comentaban las incidencias del camino.
Estuvimos en otro caravanserai, transformado en patio vecinal y almacén de telas, más deteriorado; pero sus arcos y bóvedas también evocaban el esplendor pasado. Los patios de las antiguas casas nobles damascenas estaban restaurados y algunos reconvertidos en cafés y restaurantes, en los que hacer un alto en el camino, disfrutar de la gastronomía, tomar un té con menta o tal vez o tal vez fumar un perfumado narguile. Esos eran algunos de los placeres de viajar por Siria.
Curioseamos por el Zoco Hamida, con puestos de coloridas especias apiladas en pirámides, frutos secos, aromáticos cafés, trajes de novia y vestidos de fiestas, tiendas de cajas de marquetería y otros objetos de madera con incrustaciones de nácar, zapaterías con babuchas, kilims, perfumes, pipas de agua, tejidos y alfombras. Damasco tiene muchos atractivos y lugares de interés.





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