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miércoles, 30 de abril de 2008

CARAVANSERAIS, MEZQUITAS Y PATIOS DAMASCENOS

Damasco es una de las ciudades sirias más bonitas, con edificios históricos con preciosos patios interiores, mezquitas, caravanserais, y hammanes. La Mezquita de los Omeya o Gran Mezquita de Damasco es una de las más antiguas y grandes del mundo. Fue construida por el califa omeya al-Walid I en el año 705, sobre la catedral bizantina dedicada a Juan Bautista. Es el cuarto lugar más sagrado del Islam, después de La Meca, la Medina y Jerusalén.  

 


Me visto con una abaya prestada y entramos descalzos en el recinto. La mezquita tiene  cuatro puertas de entrada, tres minaretes, un gran patio con un pórtico de dos pisos y un oratorio. Las mujeres visten sus abayas negras y los hombres túnicas blancas con turbantes. Nos impresionó la gran aglomeración de peregrinos chiitas. 



El patio tiene en el centro la fuente de abluciones y dos cúpulas en los extremos: la Cúpula del Tesoro, donde se guardaban los fondos públicos a salvo de los ladrones, y la Cúpula de los Relojes. Admiramos un gran mosaico de 37m de tonalidades verdosas y ocres, que representaba un conjunto de torres, cúpulas y árboles.



La sala del oratorio tiene 136m de largo, iluminada por grandes lámparas de cristales, con altas columnas formando arcos, techos decorados con motivos florales y geométricos y suelos alfombrados. En otra sala está el Sepulcro de Hussein, en el interior de una estructura plateada. Impresiona el fervor de la multitud, que se arremolinaba alrededor intentando tocarlo con la mano. 



En las calles de la capital todavía pueden verse hornos de adobe de pan, que hornean el pan árabe redondo y plano. También resisten en las calles los antiguos aguadores, que ofrecen agua fresca en recipientes metálicos. Una de las calles más pintorescas es la calle Qaimariyya, cubierta de parras y con tiendas de alfombras y artesanía, y cafés en la acera donde fumar las pipas de agua.




Los Caravanserai eran los centros donde paraban las antiguas caravanas de mercaderes de las rutas entre Europa y Asia. Eran amplios recintos con un patio central y múltiples habitaciones alrededor. En el patio se alojaban los animales y las mercaderías (telas, especias, piedras preciosas).

          

Visitamos uno completamente restaurado, el Khan Asad Pacha, con arcos abovedados, que se mostraba como museo. Se accedía a él por un gran portalón de madera, con una cerradura inmensa con su llave correspondiente. El guardián lo abrió sólo para nosotros. Pero debían ser más interesantes llenos de vida y bullicio; no costaba imaginarlos así. Creo que me sugestioné y vi a los camellos con sus alforjas, bebiendo en el surtidor del patio, rodeados de mercaderes que comentaban las incidencias del camino.

Estuvimos en otro caravanserai, transformado en patio vecinal y almacén de telas, más deteriorado; pero sus arcos y bóvedas también evocaban el esplendor pasado. Los patios de las antiguas casas nobles damascenas estaban restaurados y algunos reconvertidos en cafés y restaurantes, en los que hacer un alto en el camino, disfrutar de la gastronomía, tomar un té con menta o tal vez o tal vez fumar un perfumado narguile. Esos eran algunos de los placeres de viajar por Siria.

Curioseamos por el Zoco Hamida, con puestos de coloridas especias apiladas en pirámides, frutos secos, aromáticos cafés, trajes de novia y vestidos de fiestas, tiendas de cajas de marquetería y otros objetos de madera con incrustaciones de nácar, zapaterías con babuchas, kilims, perfumes, pipas de agua, tejidos y alfombras. Damasco tiene muchos atractivos y lugares de interés.






viernes, 6 de marzo de 1998

EL ENCANTO DE MARRAKECH


Marrakech es una ciudad amurallada. La muralla rojiza se extiende a lo largo de 10km, tiene una altura de entre 8 y 10 metros, con 202 torreones. Se empezó a construir en el s. XII y rodea la ciudad antigua: la Medina.


La Plaza Jemaa el Fna es el centro de la ciudad, a todas horas es diferente y tiene mucho ambiente. Los aguadores paseaban por allí con sus cuencos de latón dorado y ataviados con llamativos sombreros cónicos con borlas rojas, ofreciendo agua por unos pocos dinares o la posibilidad de hacerles una foto. Eran una nota de color del pasado. Desde primera hora están los puestos ambulantes de fruta y zumos de naranja y los de frutos secos. Además había limpiabotas, charlatanes cuyos monólogos en árabe no podíamos entender, pero que tenían su éxito, a juzgar por el corrillo que los rodeaba. 




Los dentistas exhibían montones de dientes y dentaduras completas sobre una mesita o en vitrinas. Los curanderos mostraban su equipo completo de botos con elixires, saquitos de hierbas, raíces de mandrágora, cuernos de animales y animales disecados como ardillas, camaleones o serpientes. 

Otros habituales eran los encantadores de serpientes, escribanos y los músicos de todo tipo de instrumentos: flautines, tambores, castañuelas bereberes y guitarras. Por la noche ganaban terreno las lectoras de manos, los adivinos y esotéricos con dibujos, símbolos y barajas colocados en el suelo. Las mujeres me llamaban para leerme el futuro, pero preferí no saberlo.



Vimos el exterior de la Mezquita Kotubia de finales del s. XII, con un minarete de 77m, coronada por tres esferas de cobre dorado, al estilo árabe. Y las tumbas saudíes, en unos jardines con pabellones. Los Mausoleos tenían el techo abovedado formando un artesonado de madera y escayola, y suelos y paredes cubiertos de mosaicos de colores.




Callejeamos por el Barrio judío La Mellah, por el laberinto de la Medina y sus zocos. Los hombres paseaban con sus largas chilabas y las mujeres llevaban velos de colores y la cara tapada. En los zocos había productos de artesanos del cobre: teteras, platos, pebeteros. Los peleteros elaboraban y vendían bolsos, cojines, sombreros,  sandalias y babuchas. 

Había tiendas que ofrecían frutos secos y cereales apilados en pirámides. Además, había tiendas de alfombras, herboristerías donde nos dieron todo tipo de explicaciones sobre afrodisiacos.  Las tiendas de especias vendían  el jengibre, comino, azafrán, canela, paprika o curry, utilizadas para cocinar y dar sabor a las carnes y pescados.









El Palacio La Bahia era un palacio árabe islámico del s. XIX, con jardines y patios. Nos impresionó por su lujo y decoración con estucos, mosaicos, madera tallada. La visita guiada era obligatoria, el guía nos explicó un montón de curiosidades. La construcción se correspondía con los sentidos: los jardines están hechos para disfrute de la vista, las inscripciones coránicas para el corazón y la geometría para la cabeza. 

Se construyó en 14 años, trabajaron 6000 personas en la construcción, a cambio solo de la comida. Las habitaciones bereberes eran cuadradas, con techos bajos y con muebles altos. Las habitaciones árabes eran rectangulares con muebles bajos y techos altos para que circulara el aire. El sultán tenía cuatro esposas legítimas y 24 concubinas. Como a las concubinas les tocaba solo una noche al mes con el sultán, no solían tener hijos.

Foto cortesía de Google  

En otra zona de la ciudad están los curtidores de pieles. Al aire libre se extendían las cubas de piedra donde realizaban el curtido de las pieles en cuatro fases: primero se sumergen en cal viva, después palomino (heces de paloma) para suavizar la piel, tanino para teñir y otro producto para fijar el color. Hoy en día se teñía con productos químicos y no tintes naturales. El mal olor procedía del amoníaco de las heces. En aquella temporada los tintes eran de colores suaves. En verano se usaban colores vivos: azul índigo, rojos, verdes, morados, naranjas azafranados y amarillos.

El Palacio El Badi fue una joya del arte islámico, pero no se conservaba tan bien como el Palacio de la Bahía. Fue construido en el s. XVI por el sultán Saadi Ahmend al-Mansur para celebrar la victoria sobre el ejército portugués en 1578. Leímos que estaba inspirado en la Alhambra de Granada, y tuvo 360 habitaciones. 

Aunque los materiales de su construcción fueron exquisitos mármoles y panes de oro, solo quedaban muros de color dorado llenos de agujeros convertidos en palomares. Sobre sus muros las cigüeñas también había construido sus nidos. Del antiguo palacio se conservaban los estanques, de 90m de largo por 20m de ancho. Sin duda Marrakech era una ciudad con encanto, con muchos rincones para descubrir y disfrutar, y muchos más lugares de interés.




Viaje y fotos realizados en 1998