Damasco es una de las
ciudades sirias más bonitas, con edificios históricos con preciosos patios
interiores, mezquitas, caravanserais, y hammanes. La Mezquita de los Omeya o
Gran Mezquita de Damasco es una de las más antiguas y grandes del mundo. Fue construida por el califa omeya al-Walid I en el año 705, sobre la
catedral bizantina dedicada a Juan Bautista. Es el cuarto lugar
más sagrado del Islam, después de La Meca, la Medina y Jerusalén.


Me visto con una abaya prestada y entramos descalzos en el recinto. La mezquita tiene cuatro puertas de entrada, tres minaretes, un gran patio con un pórtico de dos pisos y un oratorio. Las mujeres visten sus abayas negras y los hombres túnicas blancas con turbantes. Nos impresionó la gran aglomeración de peregrinos chiitas.
El patio tiene en el centro la fuente de abluciones y dos cúpulas en los extremos: la Cúpula del Tesoro, donde se guardaban los fondos públicos a salvo de los ladrones, y la Cúpula de los Relojes. Admiramos un gran mosaico de 37m de tonalidades verdosas y ocres, que representaba un conjunto de torres, cúpulas y árboles.
La sala
del oratorio tiene 136m de largo, iluminada por grandes lámparas
de cristales, con altas columnas formando arcos, techos decorados con
motivos florales y geométricos y suelos alfombrados. En otra sala está el Sepulcro de Hussein, en el interior de una estructura
plateada. Impresiona el fervor de la multitud, que se arremolinaba alrededor intentando tocarlo con la
mano.

En las calles de la capital todavía pueden verse hornos de adobe de pan, que hornean el pan árabe redondo y plano. También resisten en las calles los antiguos aguadores, que ofrecen agua fresca en recipientes metálicos. Una de las calles más pintorescas es la calle Qaimariyya, cubierta de parras y con tiendas de alfombras y artesanía, y cafés en la acera donde fumar las pipas de agua.
Los Caravanserai eran
los centros donde paraban las antiguas caravanas de mercaderes de
las rutas entre Europa y Asia. Eran amplios recintos con un patio
central y múltiples habitaciones alrededor. En el patio se alojaban los
animales y las mercaderías (telas, especias, piedras preciosas).

Visitamos
uno completamente restaurado, el Khan Asad Pacha, con arcos
abovedados, que se mostraba como museo. Se accedía a él por un gran portalón de
madera, con una cerradura inmensa con su llave correspondiente. El guardián lo
abrió sólo para nosotros. Pero debían ser más interesantes llenos de vida y
bullicio; no costaba imaginarlos así. Creo que me sugestioné y vi a los
camellos con sus alforjas, bebiendo en el surtidor del patio, rodeados de
mercaderes que comentaban las incidencias del camino.


Estuvimos en otro caravanserai, transformado en patio vecinal y almacén de telas, más deteriorado; pero sus arcos y bóvedas también evocaban el esplendor pasado. Los patios de las antiguas casas nobles damascenas estaban restaurados y algunos reconvertidos en cafés y restaurantes, en los que hacer un alto en el camino, disfrutar de la gastronomía, tomar un té con menta o tal vez o tal vez fumar un perfumado narguile. Esos eran algunos de los placeres de viajar por Siria.


Curioseamos por el
Zoco Hamida, con puestos de coloridas especias apiladas en pirámides, frutos
secos, aromáticos cafés, trajes de novia y vestidos de fiestas, tiendas de
cajas de marquetería y otros objetos de madera con incrustaciones de nácar, zapaterías con
babuchas, kilims, perfumes, pipas de agua, tejidos y alfombras. Damasco tiene muchos atractivos y lugares de interés.