
viernes, 21 de noviembre de 2025
IRAK: EL RENACER DE MOSUL

miércoles, 6 de septiembre de 2023
EL MONASTERIO DERVICHE Y POCITELJ
Desde Mostar fuimos
en un minibús hasta Blagaj, a solo 12km de distancia. Blagaj era una pequeña
población atravesada por el río Buna. Su principal punto de interés era la Casa
de los Derviches llamada Tekke (o Tekija). Los Tekkes eran los monasterios
sufíes, la rama mística del Islam. El monasterio estaba encajado entre una
alta pared de roca y el río. Su imagen se reflejaba en las aguas color
esmeralda del río Buna era una de las más icónicas de Bosnia. Aunque el
día estaba algo nublado las aguas mantenían su color verde intenso.
Los Derviches eran un importante grupo religioso sufí de la zona, y el monasterio construido en el s, XVI, era el lugar donde celebraban ceremonias y promovías las ciencias y las artes.
Para entrar en el
monasterio nos descalzamos y me puse un pañuelo en la cabeza. En el interior
había una sala de reunión con divanes, aulas con algunos libros islámicos
antiguos, salas de oración, una habitación con chimenea triangular blanca y un
hammán con una cúpula decorada con estrellas con vidrios de colores.
Desde la galería
del Tekke nos asomamos al río y vimos la Cueva Vrelo Bune, y las
pequeñas cascadas que formaba el río. Una barca permitía acceder al interior de
la cueva con ayuda de una cuerda.
Cruzamos por un
puente al otro lado del río, para tener vistas del Tekke en la roca y su
reflejo en las aguas verdes. Alrededor había varios restaurantes agradables, en
terrazas escalonadas.
Cerca del Monasterio estaba Pocitelj, un bonito pueblo fortificado construido sobre un anfiteatro natural a orillas del río Neretva. Estaba considerado Patrimonio de la Humanidad. Las primeras murallas se levantaron en el s.XIV durante el reinado del monarca bosnio Stephen Tvrtko I, para tratar de resistir a los otomanos. Estuvo unos años bajo control húngaro, pero los turcos lo invadieron en 1471 y se quedaron durante cuatro siglos, por lo que dejaron huella en sus edificaciones.
Atravesamos calles
empedradas con casas tradicionales con tejadillos, chimeneas, puertas de madera, y alguna tienda de
artesanía.
Destacaba la Torre
Gavrankapetan, de forma octogonal, bajo la que se apiñaban las casas del
pueblo. Subimos a la Torre para contemplar las vistas. Sobresalía el minarete y las cúpulas de la Mezquita
Hajji Alija, junto al río serpenteante. La mezquita fue destruida por las
bombas croatas durante la Guerra de Bosnia, pero la habían reconstruido. También vimos las
cúpulas verde oxidado del antiguo hammán y la Torre del Reloj de 16m de altura.
domingo, 3 de septiembre de 2023
LA BELLEZA DE MOSTAR
El símbolo de la
ciudad era el Stari Most (Puente Viejo), el puente otomano de un solo
arco que se elevaba más de 20m de altura sobe el río Neretva. Era
una auténtica maravilla arquitectónica, con una torre defensiva en cada
extremo. El original fue construido en 1567 por orden de Suleimán el Magnífico.
Durante más de 400 años el puente sobrevivió a todo tipo de conflictos, incluida
la II Guerra Mundial. Pero en 1993 el ejército croata lo destruyó durante su
enfrentamiento armado con los bosnios musulmanes. Lo que veíamos era una
réplica.
La Mezquita
Koski Mehmed Pasha. El interior era bonito con el mirhab adornado con
celdillas, vidrieras de colores, alfombras, atriles y un púlpitos con escaleras
rematado por un capitel triangular. Subimos los 86 peldaños de piedra de una
escalera caracol para llegar a la parte alta del minarete. Las vistas de
Mostar, los tejados rojos sobre el verdor, el rio de aguas esmeralda y el Puente
eran magníficas. Desde el jardín de la Mezquita también había buenos ángulos
para fotografiar la ciudad.
Cruzamos el puente y bajamos a la plataforma de madera para verlo mejor. El paisaje de la ribera del río Neretva estaba salpicado de casas asomadas al curso de aguas verdes. Dimos un paseo en una barca zodiac recorriendo ambos lados del puente y viendo sus diferentes perspectivas.
Vimos como se lanzaban en picado varios chicos bronceados. Primero despertaban la expectativa paseando por el borde exterior de la barandilla del puente, indiferentes a la altura y provocando exclamaciones de los espectadores. Luego pasaban la gorrita y cuando consideraban que era suficiente, se lanzaban en picado al vacío, una caída vertical impresionante hasta que se sumergían en las aguas verdes. Un espectáculo en un escenario histórico y precioso.
Visitamos la
Casa Museo Katjaz, de estilo otomano, la mejor conservada de Herzegovina y
declarada Patrimonio de la Humanidad. Tenía varias habitaciones decoradas
con coloridos kilims, divanes, cojines, teteras, utensilios de cocina, trajes
de época, paños de mesa bordados y todo tipo de detalles. Había hornacinas en
la pared con objetos como una plancha de hierro. Nos gustó el mobiliario de
madera: armarios, grandes baúles, mesas bajas redondas y hasta una cuna.
La planta superior presentaba la típica distribución turca con dormitorios separados para las mujeres, que tenían una gran sala de estar con ventanales y divanes, donde recibían a los invitados y se entretenían. Los hombres se alojaban en el lado sur de la casa, pero el cabeza de familia podía visitar cuando quisiera a sus numerosas esposas. La preferida tenía una habitación más grande y decorada con más lujo. Un ambiente muy oriental y una visita muy interesante.
Al pasar de la orilla oeste a la orilla este se atravesaba simbólicamente el antiguo cruce entre Oriente y Occidente. Allí estaba el Old Crooked Bridge, otro puente antiguo de piedra arqueado más pequeño. Muy coqueto y rodeado de vegetación verde.
La otra Casa
Museo otomana era la Bescovic, construida sobre altos pilares junto al río.
Los anexos de la casa estaban destrozados, pero la parte restaurada nos
encantó. El patio de entrada tenía plantas, flores y una fuente hecha con
varias teteras de bronce. En el porche de la casa había divanes con cojines
para sentarse y contemplar el jardín.
En el piso
superior había una sala circular para recibir invitados, con varios ventanales
arqueados, mesas hexagonales de madera labrada con los servicios de café y sus
cacitos de cobre. En otro espacio exhibían un telar y algún traje tradicional y
vimos los dormitorios con camas y una cuna.
Visitamos el Museo
de la Guerra y el Genocidio, del periodo 1992-1995, un tributo a la memoria de
los horrores que se cometieron, mostrado de diversas formas. Había ropa,
zapatos y objetos de la vida cotidiana de las víctimas bosnias, con carteles
explicativos de su historia. Impresionaba y emocionaba.
La Guerra de Bosnia dejó la ciudad arrasada y con la ayuda internacional se reconstruyó el casco antiguo. Cuando fuimos en 2023, todavía quedaban secuelas del conflicto y vimos algunos edificios con impactos de bala en la fachada y esqueletos de edificios, en los que la hierba crecía a través del hueco de las ventanas, como un símbolo de que la vida se abría paso. La ciudad de Mostar había renacido y su belleza era una afirmación de la vida.























