Caminamos a través de los manglares por un terreno pantanoso; el sendero estaba abierto a golpes de machete entre los manglares y nos hundíamos en un fango oscuro casi negro. Los troncos pequeños crecían hacía arriba formando un bosque de púas en el barro, con agujeros de los cangrejos, y pasamos por zonas con telarañas que se nos enganchaban. Llegamos al embarcadero y cogimos una barca hasta la isla Quirimba.
Luego paseamos por el pueblo de pescadores. Era más sencillo que la isla de Ibo, las casas eran chozas de cañas, adobe y piedras, entre palmeras.
Vimos las ruinas de una iglesia blanca que había quedado en desuso porque allí todos eran musulmanes, según nos dijeron. No faltaban las mezquitas, aunque pasaban desapercibidas porque no tenían minarete.
Algunos niños se asustaban al vernos, aquella era una isla bastante remota de Mozambique y no estaban acostumbrados a ver occidentales., aunque la mayoría sonreían al vernos, nos saludaban y nos miraban como una diversión. Vimos mujeres transportando pesados haces de leña sobre la cabeza, la leña era el único combustible allí. Otras mujeres estaban sentadas a la sombra de un árbol, limpiando el arroz.
Para regresar a la isla de Ibo cogimos una barca sin motor. El barquero usó una pértiga para impulsarla, al estar la marea baja. Pero las olas llevaron la barca a aguas más profundas y estuvimos un rato a la deriva. Por fin llegamos, nos dejó a doscientos metro de la orilla y caminamos con el agua por los tobillos. Volvimos a caminar otra hora y media entre los manglares. Fue otro día fantástico en el precioso Archipiélago de las Quirimbas.






