

Chichicastenango
estaba a 2.030 metros de altitud, rodeado de montañas y valles, y se notaba el
ambiente fresco. Era conocido como Chichi y tenía importancia cultural
por ser el lugar donde se encontró el Popol vuh, libro religioso maya quiché
que narra el origen de la humanidad.
En la plaza estaba
la Iglesia de Santo Tomás, de un blanco inmaculado con una escalinata
semicircular. En la Capilla del Calvario vimos como un hombre mayor hacía sus
ofrendas. Llevaba una bolsa con velas, pétalos de rosas y licor. Encendió las
velas y las colocó en las losas de mármol del pasillo central e la iglesia.
Luego echó por encima unos pétalos y derramó el licor, mientras rezaba.


Las mujeres llevaban largas trenzas de pelo negro lustroso y vestían ropas coloridas. Muchas llevaban a sus hijos a la espalda, atados con pañuelos.
El domingo era el
día de mercado y había mucho ambiente. La plaza estaba ocupada por
tenderetes hechos con palos y plástico negro a modo de toldo. La mayoría de los
puestos eran de artesanía, sobre todo de tejidos y máscaras
tradicionales, con las que se celebraban ceremonias mayas antiguas.
En los porches de
la plaza había otro mercado de dos plantas con un patio interior cubierto, que
quedaba a resguardo del viento, el sol y el frío. El mercado era de frutas y hortalizas.
Destacaba el rojo de los tomates, los rábanos lilas, el naranja de las zanahorias
y el blanco de coles y cebolletas. Hicimos fotos desde la planta superior.



También había puestos
de comida con ollas y cacerolas que calentaban al fuego de carbón. Vimos
como elaboraban tortitas de maíz. Vendían piedras de yeso grandes, que
utilizaban para ablandar el maíz. Los puestos ofrecían “antojitos” y comimos
chicharrones, torta de maíz con guacamole y verduras, fríjoles, pollo frito,
pastel de piña y papas.
Nos sentamos en
las escaleras de la iglesia y nos envolvió el humo de los sahumerios, que
esparcían el agradaba olor del incienso de estoraque. Utilizaban una lata con
agujeros, a modo de botafumeiro. Las escaleras estaban repletas de gente, y a
nuestros pies estaban las floristas.
Nos alojamos en el
Hotel El Arco, que tenía mucho encanto. Dos plantas con un patio con macetas y
plantas. La habitación era enorme, con vigas de madera oscura y chimenea. Las
lámparas eran muy originales, con tallas de madera representando animales, pintadas
de colores.


Por la mañana
hicimos una excursión al santuario de San Pascual Abaj. Nos acompañó Tomasa, una guía turística oficial que nos abordó en
las escaleras de la Iglesia, mostrándonos sus credenciales. Hablaba cuatro idiomas: quiché, castellano, inglés y alemán. Tomasa tenía 25
años y vestía la indumentaria típica de colores, con un pañuelo atado a la
espalda donde llevaba a su hijo de 8 meses, que parecía un muñeco con su gorro picudo
azul.
Tomasa nos llevó
por un camino empinado hasta la cima de la colina. Pascual Abaj significaba “piedra
del sacrificio”, y el santuario estaba dedicado al dios maya de la tierra,
la fertilidad y la lluvia, un ídolo con cara de piedra que tenía cientos de
años. El santuario era un túmulo de piedras con dos cruces. La piedra más
cilíndrica tenía una cara en la parte superior, bastante desdibujada.
Una mujer
chamán quemaba incienso y hacía ofrendas. Las
familias pagaban al chamán para que hiciera las ofrendas en su nombre, pidiendo
salud, buena suerte para un negocio, amor para que funcionara una pareja o
fertilidad. Las ofrendas eran velas, pétalos de flores, cigarrillos y chorritos
de alcohol para los dioses. Contemplamos aquel ritual maya pagano, una ceremonia ancestral.
Viaje y fotos realizados en 2003