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sábado, 18 de agosto de 2018

TRANSIBERIANO 5. EL LAGO BAIKAL Y LA ISLA OLKHON

En la ruta del Transiberiano, desde Irkutsh fuimos al Lago Baikal, en la región de Siberia Oriental. El lago era el más antiguo y profundo del mundo, con 25 millones de años de antigüedad y 1680m de profundidad. De 636km de largo, 80km de ancho, con un área de extensión comparable a Bélgica. Contenía el 20% de agua dulce de todo el planeta. Los científicos estudiaron que si se agotaran todas las reservas de agua de la tierra, con el agua del Baikal podrían vivir 7000 millones de personas durante 40 años. Era el último reducto y Patrimonio de la Humanidad. 

Lo alimentaban 386 ríos. El más caudaloso era el río Selanga, que procedía de Mongolia. El lago desaguaba en un solo río, el Angara. La pesca era la principal actividad de las poblaciones del lago, se había identificado 52 especies de peces. Sus aguas se usaban para tratamientos médicos, ya que eran ricas en oxígeno y con escasa presencia de sales minerales.


El lago tenía treinta islas dentro. Un ferry nos llevó hasta la isla Olkhon, la tercera isla lacustre mayor del mundo. Estaba considerada uno de los lugares más sagrados de Asia para los pobladores buriatos, y eran uno de los polos de energía chamánica. 

Al llegar seguimos por una pista terrosa hasta el pueblo Khuzir, la “capital” de la isla, con 1200 habitantes. Nos alojamos en el Nikta’s Homestead. Lo construyó un ex campeón ruso de tenis de mesa. Nos encantó el complejo de cabañas de madera con adornos de carpintería, entre hiedra y flores por todas partes. Las habitaciones estaban decoradas con petroglifos, adornos étnicos y estufas de madera. Precioso y muy acogedor.





En la Shaman Rock había un árbol repleto de tiras de colores, plegarias que se ofrecían a los dioses. También había un grupo de 13 postes verticales, envueltos en tiras de colores, los llamados “Trece señores de Olkhon”, venerados por los buriatos. Caminamos por los senderos. La roca quedaba en un extremo del lago frente a una playita de arena con forma de media luna. Allí nos bañamos, aunque brevemente porque el agua estaba muy fría.




Visitamos el Museo de Historia en una cabaña, con dormitorio y cocina. En los años 50 el director de la escuela N.M. Reviakina, ayudado por un grupo de estudiantes reunió cientos de objetos de uso cotidiano en otras épocas. Había quinqués, ruecas, botellas, samovares, botas de piel, vestidos, pellizas, cofres, sombreros, un acordeón, una máquina de coser y de escribir, un piano...Se exhibían utensilios agrícolas como yugos, arneses, herraduras, sierras, muelas, cedazos, cestas. Había fotos de los pescadores del lago Baikal, latas de conserva de Omul, el pescado propio del lago, y una colección de plantas y animales disecados. Muy interesante.



Al día siguiente contratamos una excursión con barco. El barco nos llevó al extremo norte de la isla. Fuimos costeando la isla, viendo sus acantilados rocosos. Nos seguían las gaviotas y les dimos pan, con lo que se arremolinaban alrededor del barco y se disputaban los pedazos de pan. El sol iluminó las rocas de la costa tapizadas de un verde suave, casi amarillento. Había colinas bajas, bosques de abetos y algunas playas. Comimos en el camarote del barco, ensaladas y sopa de pescado muy rica. 

Pasamos por la roca que llamaban “Tres hermanos”. Nos contaron la leyenda de una chica que se enamoró de uno de los hermanos y se fugó. El padre envió a los hermanos a buscarla transformados en águilas. Pero los hermanos volvieron y mintieron al padre, diciendo que no la habían encontrado. El padre descubrió la verdad y los transformó a los tres en rocas.








Otro punto del trayecto en barco fue Placa Peschanoa, donde estaba la prisión en los tiempos de la época soviética. La verdad es que era una bahía bonita con una playa, un emplazamiento curioso para una cárcel de terrible historia.

Llegamos al punto norte llamado Khoboy, el extremo de la isla. Y vimos el Pico del Amor. Desembarcamos después de cuatro horas de trayecto en barco. Unas furgonetas tipo tanquetas nos llevaron a varios miradores a los pies de los acantilados con vistas impresionantes del lago. En uno de ellos vimos a unos niños practicando el tiro al arco.




domingo, 16 de febrero de 2003

EL COLOR DE CHICHI

 

Chichicastenango estaba a 2.030 metros de altitud, rodeado de montañas y valles, y se notaba el ambiente fresco. Era conocido como Chichi y tenía importancia cultural por ser el lugar donde se encontró el Popol vuh, libro religioso maya quiché que narra el origen de la humanidad. 

En la plaza estaba la Iglesia de Santo Tomás, de un blanco inmaculado con una escalinata semicircular. En la Capilla del Calvario vimos como un hombre mayor hacía sus ofrendas. Llevaba una bolsa con velas, pétalos de rosas y licor. Encendió las velas y las colocó en las losas de mármol del pasillo central e la iglesia. Luego echó por encima unos pétalos y derramó el licor, mientras rezaba.




Las mujeres llevaban largas trenzas de pelo negro lustroso y vestían ropas coloridas. Muchas llevaban a sus hijos a la espalda, atados con pañuelos. 

El domingo era el día de mercado y había mucho ambiente. La plaza estaba ocupada por tenderetes hechos con palos y plástico negro a modo de toldo. La mayoría de los puestos eran de artesanía, sobre todo de tejidos y máscaras tradicionales, con las que se celebraban ceremonias mayas antiguas. 

En los porches de la plaza había otro mercado de dos plantas con un patio interior cubierto, que quedaba a resguardo del viento, el sol y el frío. El mercado era de frutas y hortalizas. Destacaba el rojo de los tomates, los rábanos lilas, el naranja de las zanahorias y el blanco de coles y cebolletas. Hicimos fotos desde la planta superior.



También había puestos de comida con ollas y cacerolas que calentaban al fuego de carbón. Vimos como elaboraban tortitas de maíz. Vendían piedras de yeso grandes, que utilizaban para ablandar el maíz. Los puestos ofrecían “antojitos” y comimos chicharrones, torta de maíz con guacamole y verduras, fríjoles, pollo frito, pastel de piña y papas. 


Nos sentamos en las escaleras de la iglesia y nos envolvió el humo de los sahumerios, que esparcían el agradaba olor del incienso de estoraque. Utilizaban una lata con agujeros, a modo de botafumeiro. Las escaleras estaban repletas de gente, y a nuestros pies estaban las floristas.




Nos alojamos en el Hotel El Arco, que tenía mucho encanto. Dos plantas con un patio con macetas y plantas. La habitación era enorme, con vigas de madera oscura y chimenea. Las lámparas eran muy originales, con tallas de madera representando animales, pintadas de colores.

Por la mañana hicimos una excursión al santuario de San Pascual Abaj. Nos acompañó Tomasa, una guía turística oficial que nos abordó en las escaleras de la Iglesia, mostrándonos sus credenciales. Hablaba cuatro idiomas: quiché, castellano, inglés y alemán. Tomasa tenía 25 años y vestía la indumentaria típica de colores, con un pañuelo atado a la espalda donde llevaba a su hijo de 8 meses, que parecía un muñeco con su gorro picudo azul. 

Tomasa nos llevó por un camino empinado hasta la cima de la colina. Pascual Abaj significaba “piedra del sacrificio”, y el santuario estaba dedicado al dios maya de la tierra, la fertilidad y la lluvia, un ídolo con cara de piedra que tenía cientos de años. El santuario era un túmulo de piedras con dos cruces. La piedra más cilíndrica tenía una cara en la parte superior, bastante desdibujada. 

Una mujer chamán quemaba incienso y hacía ofrendas. Las familias pagaban al chamán para que hiciera las ofrendas en su nombre, pidiendo salud, buena suerte para un negocio, amor para que funcionara una pareja o fertilidad. Las ofrendas eran velas, pétalos de flores, cigarrillos y chorritos de alcohol para los dioses. Contemplamos aquel ritual maya pagano, una ceremonia ancestral. 


Viaje y fotos realizados en 2003