Desde Pemba, al norte de Mozambique, una pequeña barca nos llevó hasta
la isla de Ibo en un trayecto de hora y media. La isla de Ibo era la más grande del Archipiélago de las Quirimbas, formado por once islas coralinas en el Océano Índico. Eran parte del Parque Nacional de las Quirimbas. Había sido un importante puerto comercial árabe cuando llegaron
los portugueses en el s. XV, y a finales del s. XVIII se convirtió en un puerto
crucial para la trata de esclavos. Afortunadamente eso formaba parte de su
pasado; en la actualidad era una población tranquila y con encanto.
La isla tenía tres fuertes:
Sao Joao Baptista con forma de estrella, Sao Antonio y Sao José. En el interior de los fuertes encontramos muchos viejos documentos y papeles abandonados. Una mezquita y
una iglesia proporcionaban el alimento espiritual, aunque la mayoría eran
musulmanes liberales, bastante tolerantes según nos dijeron.
Paseamos por sus bonitas calles de edificios de planta baja desgastados. Eran casas coloniales de piedra con porches sombreados. Algunas estaban restauradas, y otras estaban invadidas por las raíces de grandes árboles que entraban por las ventanas y crecían entre sus muros abandonados. Hicimos alguna foto en blanco y negro y parecían transportarnos más en el tiempo.
Vimos algunas mujeres con la pasta blanca en la cara, que obtenían moliendo la corteza de un árbol. Un cosmético que ofrecía protección para los rayos solares.
En el centro del pueblo
varias mujeres bombeaban un pozo y llenaban sus recipientes de agua, un bien preciado. Proyectos de abastecimiento de agua como
ese, financiados por España, se habían interrumpido al reducirse el presupuesto
de Ayuda Oficial para el Desarrollo.
Una de esas mujeres
jóvenes que bombeaba agua y la transportaba sobre su cabeza. tenía un peinado
adornado con letras, y en el centro de su frente colgaba la letra
"M", como un símbolo de Mozambique. Ella misma tal vez era, sin ser
consciente de ello, un símbolo de la lucha por la supervivencia y de ese
precioso país africano.
Al día siguiente cogimos una barca tradicional de vela para ir al banco de arena. Era un pequeño islote, y el mar lamía la franja de arena por ambos lados, formando una lengua central, donde nos instalamos con el pareo. Hicimos buceo con tubo y aletas, viendo los peces en su hábitat submarino. Había peces blancos listados de negro, azules, verdes con rayas naranjas y amarillas, negros con un reborde azul eléctrico, o plateados, nadando entre corales rosados y verdes.
El agua del Océano Índico tenía varios tonos de turquesa y verde transparente. Bañarse allí era una delicia. Estuvimos varias horas y cuando bajó la marea, el mar alrededor de la isla quedó tranquilo como una piscina natural. Una maravilla.
La cena en el restaurante Cinco Puertas fue un auténtico festín: gazpacho (!), langosta y gambas, servidas con platillos de salsa alioli y mayonesa, y de postre crepes con miel. La noche tenía el cielo muy estrellado. Pasamos unos días fantásticos en la isla de Ibo.




















