
Ciudad Bolívar era
una población colonial a orillas del río Orinoco. Su casco antiguo
tenía bonitas casas con ventanas con verjas de hierro forjado, y fachadas
pintadas en colores. Las casas del Paseo Orinoco tenían porches con
algunos restaurantes de pescado. En el Mercado Carioca vendían papelón,
los jugos de caña de azúcar, y de frutas. Había tiendas de ropa y zapaterías.
Nos gustaron sus posadas coloniales con patio como la Posada San Carlos.
Visitamos el Museo
Ciudad Bolívar en una mansión colonial con un patio porticado con plantas y
ánforas grandes. Estaba dedicado a las Artes Plásticas. La obra más original
era una caja con compartimentos, en la que había tubos de ensayo de laboratorio
con fotos de personas dentro, y pequeños objetos simbólico. Entramos en el Palacio
del Congreso, donde se había reunido Simón Bolívar con otros líderes políticos
para conseguir la independencia. Por eso en todos los pueblos y ciudades había
una plaza dedicada a Bolívar. Al atardecer vimos una puesta de sol en el Mirador
Angostura.
Desde Ciudad
Bolívar cogimos un autobús nocturno en un trayecto de pnce horas hasta Santa
Elena de Uairén. Nos pararon en varios controles policiales. A las dos y a las
cinco de la madrugada subieron policías armados a pedirnos los pasaportes a
todos los pasajeros. Y a las siete de la mañana tuvimos que vaciar por completo
todo el contenido del equipaje.
Santa Elena de Uairén era
una población del sureste de Venezuela, cercana a la frontera con Brasil. Era
un pueblo minero, por todas partes se veían sitios de compraventa de
oro y diamantes, con hombres de aspecto rudo en la entrada. Curioseamos los comercios, la mayoría de ropa,
licorerías y de carne, pescado o verduras.
Allí contratamos
una excursión de un par de días para ir a la Gran Sabana con Ricardo, un
loco maravilloso que nos hizo de guía. Dijo que el 80% de la excursión sería
agua, y así fue, nos pasamos casi todo el tiempo en remojo, bañándonos en ríos
y cascadas.
Fuimos al Arapena
Meru (Meru significa cascada en lenguaje indígena), un salto de unos 100m
de ancho, donde el agua caía espumosa y con fuerza, en chorros blancos y fangosos.
Ricardo dijo que pasaríamos por detrás. Fue increíble. Dejamos las sandalias y
las cámaras y nos pusimos los calcetines para no resbalar en las rocas. Nos
metimos en un estrecho pasillo de rocas, por detrás de la cortina de agua que
caía a chorros. Allí estábamos empapados, riendo y colocándonos bajo los
chorros de agua, como una ducha potente. En algunos tramos tuvimos que agacharnos
entre las rocas, con el agua al cuello, y en otros saltar y trepar en aquel
estrecho pasillo. Recorrimos unos 50m por detrás de la cascada. Fue alucinante
y salimos eufóricos.
Cascadas Arapena Meru. Pasamos por detrás de los chorros de agua
Para llegar al Salto de Aguas Frías hicimos
una buena caminata bajando un cañón hasta los pies de la poza natural que
formaba la cascada. Las aguas hacían honor a su nombre y estaban muy frías.
Ricardo nos aconsejó quedarnos en calcetines para subir a las resbaladizas rocas
con musgo, y tirarse desde ellas. Los calcetines ayudaban a que el pie se
adhiriese a la superficie. Jugamos, reímos y nos bañamos.
El final de la
excursión del día fue el Tobogán Soroapa. Era una quebrada de
rocas de color rosado y rojizo, de jaspe. Allí podía deslizarse el cuerpo,
dejándose arrastrar por el agua, como un tobogán acuático. Había que levantar
la cabeza y colocar las manos en el pecho para no hacerse daño.
La Quebrada del
Jaspe tenía tonos rojizos, anaranjados y en algunas zonas amarillo con
vetas negras. A esa parte la llamaban la piel del tigre, por su similitud. Con
el sol los colores del jaspe eran más intensos. Los tepuis nos rodearon todo el
día, eran formaciones rocosas de paredes verticales y cumbres planas, tipo
meseta del altiplano. Por la mañana temprano eran azules, y con la luz del día
iban cambiando al verde oscuro. Decían que eran las formaciones más antiguas de
la tierra, con millones de años de antigüedad, y que por las dificultades de
acceso a su cima la flora y fauna eran únicas, permanecían intactas.

Al día siguiente
fuimos a la misión Kavanayán y al Kamá Meru (Salto Kamá), una catarata
de 50m de altitud. Para llegar alquilamos una barca por el río, un trayecto
relajante contemplando la vegetación de las orillas. El Salto Kamá era
espectacular. Pudimos acercarnos a la base y quedamos envueltos en la luvia de finas
gotas que desprendía. Los chorros caían espumosos, blancos y dorados. Volvimos
a Santa Elena con arañazos, magulladuras y picaduras de jején, el mosquito
conocido como puri-puri. Pero fue una excursión fantástica y disfrutamos
mucho con Ricardo, nuestro loco maravilloso, que nos contó mil historias y nos contagió
su entusiasmo.