El segundo día en Taipei visitamos varios templos tradicionales, propuestos para ser Patrimonio de la Humanidad. El primero fue el Templo de Confucio. Era ejemplo de arquitectura tradicional china, con adornos de cerámica y decoración taiwanesa. Los techos estaban tallados en madera y policromados, y colgaban farolillos de papel amarillo.
Estaba amurallado y rodeado de jardines, con un estanque de lotos y carpas, cruzado por un pequeño puente de piedra. Durante la época japonesa fue demolido y reconstruido en 1930.
Estando allí pasó un avión bajo sobre los tejados del templo, que rompió el silencio. Era un avión militar (aunque pasó rápido y solo pudimos fotografiar otro avión comercial), de maniobras de amenaza de los chinos. China y Taiwán llevan 75
años enfrentados desde la guerra civil china entre el Partido Nacionalista o
Kuomintang y el Partido Comunista, entre 1927 y 1949. Taiwán es un país
soberano, pero China se disputa su territorio y quiere unificarlo con el continente,
“una sola China”. En Taipei se podían ver letreros que indicaban refugios de defensa aérea, por si atacaban. Un conflicto de difícil solución.

Al lado estaba el Templo
Bao’an, también Patrimonio de la Humanidad. Fue fundado en 1760 por
inmigrantes chinos de Quanzhou de la provincia de Fujian. La estructura era muy
elaborada, con dragones y figuras en los tejadillos rojos, figuras protectoras
pintadas en las puertas y pebeteros gigantes. Había varios pabellones en
sucesivos patios. En los bonitos jardines había macetas con bonsáis. En las galerías y las salas había
grandes faroles de papel pintado.
El templo estaba dedicado al dios residente Baoshong Dadi, con habilidades médicas. Y el santuario trasero dedicado a Shennong, el dios de la agricultura en la mitología china. Los fieles ofrecían varitas de incienso y oraban. Decían que era el templo más visitado. Nos gustó mucho y tenía mucho ambiente.
El Memorial Chiang Kai Shek era una estructura
impresionante, un gran pabellón blanco, casi piramidal, coronado por un tejado
negro. Estaba rodeado de bonitos jardines. Subimos los escalones hasta la parte
superior, donde había una gran estatua del dictador, y vimos el cambio de guardia
con cinco soldaditos. Llevaban rifles y taconeaban con fuerza.
En el interior del Memorial había un museo con fotos y objetos que pertenecieron al dictador exiliado. Había uniformes, calzado, insignias y su despacho. En otras estancias había exposiciones temporales de cuadros. Nos llamó la atención una pintura en el suelo simulando un abismo, a modo de trampantojo. En una sala había dos grandes y espectaculares Cadillacs negros, de brillante carrocería.
Otro día fuimos al
Taipei 101, un rascacielos de 508m de altura, un símbolo para su capital
y para el país. Durante mucho tiempo fue el más alto del planeta; cuando fuimos
estaba en el top ten. El ascensor nos subió de la planta 5 a la 89 en solo
segundos. Por las escaleras se podía subir al piso 91, de terraza sin
ventanales, al aire libre. El mirador ofrecía grandes vistas de la ciudad con algunos rascacielos.
Por la noche los
neones se adueñaron de la ciudad. Vimos los salones de máquinas recreativas de Pachinko,
el pasatiempo nacional de Taiwán y de muchos países asiáticos, como Japón o Corea
del Sur. Fuimos a curiosear al Mercado nocturno de Shilin. Había puestos
de ropa y de comida con bolas de taro y patata, pinchos de carne y pescado a la
parrilla. En la calle había grupos que bailaban coreografías de estilo coreano. Disfrutamos
del ambiente nocturno, con músicos y artistas callejeros.
