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miércoles, 17 de junio de 2026

FLORES: ALDEA WAE REBO

La primera visión de la aldea Wae Rebo fue espectacular. Siete grandes cabañas dispuestas en semicírculo en una verde pradera y rodeadas de montañas. Llegamos hasta allí tras una caminata de dos horas. La primera hora fue agotadora, por la ascensión pronunciada y por el calor y la humedad.



Unas motos nos llevaron por un camino pedregoso y con grietas hasta el punto de inicio de la caminata. A partir de allí caminamos por un sendero ascendente en la selva tropical, con mucha pendiente. Atravesamos un puente de bambú sobre un barranco.





En la cabaña central nos hicieron la ceremonia de bienvenida. El anfitrión es el señor Petrus, jefe de la aldea, y un joven que habla más inglés. Van vestidos con sarong y todos nos sentamos en esteras en el suelo. Nos hablan de la aldea y de su voluntad de preservar su identidad cultural y sus tradiciones. Nos informan de las normas durante la estancia en la aldea: no dar dulces a los niños, vestimenta adecuada (las mujeres mejor con las piernas cubiertas hasta la rodilla) y no tocar o molestar a los animales.

Explican la estructura de las cabañas, de unos 30m de altura, construidas con madera, bambú y tejados cónicos de paja y fibras vegetales. Tienen varios pisos, el nivel superior es para almacenar comida.



En el centro está la cocina de leña, donde unas mujeres cocinan, rodeadas de cacharros y cacerolas. Del techo cuelgan tambores e instrumentos para tocar música tradicional. Los interiores de las cabañas son oscuros, aunque hay luz eléctrica generada por placas solares, de 18h a 22h. En el exterior de la planta baja guardan cestos, sacos y morteros. Algunas gallinas pasean por allí. 

Al atardecer nos reunimos de nuevo para hacer preguntas. Nos explican que en la aldea viven 150 personas, 8 familias en cada una de las cabañas grandes, y el resto en las de los alrededores. Preguntamos cuanto se tarda en construir una cabaña:  unos seis meses, lo difícil es encontrar y trasladar los materiales. Los niños van a la escuela en otra aldea más abajo. Cenamos todos juntos, arroz, verduras, huevos, cortezas y fritura vegetal. Lo mejor es la charla con los otros viajeros variopintos: una pareja checa, dos ingleses, una francesa, un holandés, una libanesa, una familia indonesia que vive en San Francisco...





Al día siguiente nos despertamos a las seis y salimos al exterior, con ganas de ver las cabañas con otra luz y al sol. La aldea se despierta lentamente, unas gallinas corretean y un perro solitario husmea alrededor. El sol ilumina gradualmente las laderas de las montañas y el paisaje luce en todo su esplendor. La pradera es verde esmeralda. Las chozas oscuras forman parte del paisaje, dibujando un semicírculo con la gran choza de ceremonias central. Subimos a la parte alta para contemplarlas mejor.




Desayunamos tortilla, huevos y té, aunque también sirven arroz, verduras y café. Luego seguimos curioseando la aldea. En esterillas han colocado granos de café para secar al sol. En la zona también producen vainilla (vemos las vainas) y canela. 






viernes, 12 de junio de 2026

TIMOR: LA ALDEA BENTENG NONE Y LAS CASCADAS

Cruzamos por tierra la frontera entre Timor Oriental y Timor Occidental, un largo viaje en las furgonetas Mikrolet, con múltiples paradas. Kupang es la capital de Timor Occidental. Desde allí pactamos precio con un taxista para ver la aldea Benteng None, a 126km, y unas cascadas en la zona.

Al llegar nos recibió un cartel de bienvenida a Benteng None. El pueblo lo forman diferentes chozas tradicionales de cañizo llamadas ume bubu. Son circulares, con tejado con forma de cúpula o colmena, sin ventanas y con pequeñas puertas de un metro de altura.


El pabellón central, techado y abierto, es el llamado lopo, el lugar de encuentro de la aldea. Tiene varios troncos con unas plataformas altas redondas, donde colocan la comida para protegerla.

En el lopo comunal se instalan unas mujeres alrededor de los troncos y nos muestran su artesanía: joyas (pulseras, collares y brazaletes), cuernos de madera negra tallados y cajas de bambú tallado. 



Las mujeres son bastante mayores y tienen la boca y los dientes enrojecidos por mascar nuez de betel, frecuente en estas latitudes. Mezclan el tabaco con la nuez de betel, de efecto estimulante. Nosotros llevamos tabaco para obsequiarles, y se lo damos al hijo del jefe de la aldea, que nos hizo de anfitrión. 

En un tronco cuelgan coloridos tejidos tradicionales que elaboran las mujeres llamados ikats. Hay algunos niños por allí, pero los hombres deben estar trabajando el campo. Nos dicen que viven unas 56 familias.



Entramos en el interior de una cabaña ume bubu, agachándonos por la pequeña puerta. Está bastante oscuro, vemos un fuego central, cajas con cacharros de cocina (tazas y platos) y un camastro de madera cubierto con una piel curtida.



En el pasado Benteng None fue un pueblo de antiguos cazadores de cabezas; hacía sólo dos generaciones que habían abandonado esa práctica. El último conflicto tuvo lugar en 1944

Al final de la aldea hay un barranco cubierto de maleza, y al borde un baniano de 300 años y tamarindos. En la zona hay un totem y allí se reunían los chamanes con los guerreros antes de salir a cazar cabezas. Vemos la plataforma de piedra donde se exhibían las cabezas de los enemigos y el ote naus, un pabellón bajo el que se guardaban las armas y lanzas, y donde los ancianos consultaban huevos de gallina para predecir los acontecimientos. Una mota de sangre en el huevo era señal de mala suerte y retrasaban el ataque.




Tras la aldea vamos a ver las Cascadas Air Terjun Oehala, cerca del pueblo de Soe. Caminamos por un sendero y descendemos unos escalones de piedra resbaladizos por el musgo. El entorno es muy verde, una arboleda densa con musgo creciendo en las rocas, cubriéndolo todo.

Las cascadas caen en siete niveles sobre grandes rocas como cuencos, formando balsas naturales. Hay varios niños por allí, que acaban de bañarse, nos saludan y bromean. Las familias locales suelen acudir a este bonito rincón para refrescarse.



domingo, 12 de agosto de 2018

TRANSIBERIANO 3. ALTAI Y LAGO TELEKSKOE

 

El Transiberiano nos dejó en Novosibirsk y después de visitar Tomsk, pasamos varios días en la región montañosa de Altai. Desde Novosibirsk cogimos un autobús hasta Gorno Altaisk, la capital de la región de Altai, y otro autobús a Artibash. Atravesamos bosques de taiga y varios ríos de anchura considerable. En Rusia todo era grande. 

Artibash era la base para ver el Lago Telekskoe. Era el mayor lago de la región de Altai, con una profundidad de 325m, uno de los 25 lagos más profundos del mundo. Situado a 434m sobre el nivel del mar, tenía 78km de largo de 5 a 20km de ancho. En él desembocaban unos 70 ríos y 150 arroyos. Estaba rodeado de montañas de 1700m a 2400m de altura al sur, y de 600m a 1300m de altura al norte.




Paseamos por las orillas del lago. Tenía cabañas de madera con tejados triangulares para la nieve, rodeadas de hierba y con algunos caballos, que alquilaban para dar un paseo. Nos dimos un baño breve, porque el agua estaba bastante fría. Era un lugar de turismo ruso local. Vimos varias tiendas de arenques secos, a los rusos les gustaban mucho. 

Las tiendas de artesanía vendían todo tipo de objetos de madera tallada, cajas, cestas, amuletos, llaveros, miel y jabones con aromas de frutos del bosque. Cenamos en un restaurante de estilo rústico de montaña. Pedimos sopa, trucha y pollo con champiñones gratinados. Todo muy rico. 




Al día siguiente contratamos una excursión en barco por el lago. Hicimos varías paradas y caminamos por el bosque, viendo cinco cascadas durante el recorrido. También vimos numerosos torrentes que bajaban por las laderas de las montañas como hilos blancos entre la vegetación, hojarasca y verdes helechos. A veces parecía más un paisaje más tropical húmedo que lo que cabía esperar de la taiga rusa.



En algunas paradas nos ofrecieron empanadas, buñuelos y té muy especiado y sabroso, con sabor a hierbas del bosque. En rincones del bosque habían colgado tiras de colores, como ofrendas, ya que el 90% de los buriatos eran budistas. Llegamos hasta el extremo sur del lago y paramos en una playa llena de leños de madera usada para hacer fogatas. Había rusos acampados y otros en cabañas. El paisaje del lago nos gustó mucho, pero nos faltaba conocer el Lago Baikal en otra etapa del Transiberiano.