domingo, 3 de enero de 2016

EN PIRAGUA POR EL RÍO MONO

Desde Ouidah cogimos un taxi-brousse hasta Gran Popó. El taxi-brousse era el transporte local habitual en África Occidental; el nuestro lo cargaron con cajas de pescado en el maletero y el techo del vehículo, y durante el trayecto nos acompañó el olor a pescado. Pasamos por el Lago Aheme y el río Mono. En una hora llegamos al Grand Popó.


Nos alojamos en el hotel Sabores de África, frente a la playa. Era un bungalow circular rojo, verde y amarillo, con tejadillo cónico de paja. Estaba decorado con figuras y telas africanas y tenía cama con mosquitera. Muy coqueto.


En seguida nos pusimos el bañador y fuimos a explorar la playa de Grand Popó. En la playa había barcas de pescadores y cabañas entre palmeras. Quedaba algún viejo edificio colonial abandonado, que tuvo otros tiempos de esplendor. Los niños jugaban entre las barcas. El mar Atlántico del Golfo de Guinea tenía bastante oleaje y rompía con espuma en la orilla. 




Vimos como los pescadores sacaban las redes, estirando en hilera una larga cuerda. Las redes tenían una boya roja atada y se veía como se acercaban a la orilla lentamente por el peso de la captura, como una serpiente ondulante. Tardaron horas en sacar las redes.


Por la tarde cogimos una piragua de remo por el río Mono. Navegamos por una zona de manglares con sus raíces acuáticas, y pasamos entre algunos nenúfares flotantes. En los manglares atrapaban cangrejos y gambas. Nos enseñaron sus nansas, las cestas de mimbre de forma cónica para pescar las gambas. Tenían un orificio de entrada pequeño y como las gambas no sabían retroceder, se quedaban atrapadas.






Paramos en el pueblo de Hevé, sagrado para la religión animista y el vudú. Tenía fetiches a la entrada, salida y en las calles del pueblo, para que les protegiera de los malos espíritus. Eran figuras de piedra bastante amorfas, voluminosas, con caras con los ojos representados con cauris, algo inquietantes y tenebrosas.

En un árbol ataban telas de colores que representaban la tierra, el mal o la muerte. Nos despedimos de los espíritus protectores y fuimos al pueblo de Grand Popó, donde nos esperaba una ceremonia vudú.






viernes, 1 de enero de 2016

BENÍN: GANVIÉ Y SU MERCADO FLOTANTE

Ganvié fue nuestra primera etapa en el viaje por Benín. Era una población lacustre dentro del lago Nokoué, y sólo se podía acceder a ella en barco, desde el Puerto de Cotonú. Era conocida como la Venecia africana, y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996. Sus pobladores se establecieron en el lago en el s. XVI y XVII porque la religión del Dahomey prohibía a los guerreros entrar en el agua. El agua arrastraba plantas acuáticas flotantes, jacintos con la flor lila, y los palafitos se reflejaban en la superficie.





Su mercado flotante era un espectáculo de color. Lo recorrimos en una canoa motorizada, pero la mayoría eran canoas con pértiga, que manejaban las mujeres. Iban elegantemente vestidas con sus trajes de estampados multicolores, de estilo africano. También los niños llevaban las canoas con sus pértigas.

El cielo estaba cubierto por una neblina amarillenta, por la que se filtraban los rayos de sol. Nos dijeron que eran el Harmatán, el viento del desierto, cálido y polvoriento, que venía del norte. No era la mejor luz para las fotos, pero la escena era de gran belleza.





Casi no había terreno firme; todo eran palafitos flotantes. Los niños nos saludaban y las mujeres se ocupaban de sus tareas domésticas a la puerta de sus palafitos, entre palanganas y ropa tendida. Los cerdos correteaban entre las franjas de tierra, buscando entre las basuras. También se veían pequeñas cabras.

Los palafitos que servían de cuarto de baño eran anexos y tenían las paredes hechas con plásticos de bidones de gasolina. Paramos en el hotel Chez Raphael, otro palafito del que decían bromeando que tenía siete estrellas, porque el dueño lo había adornado con siete pináculos rematados con estrellas, como capricho. 



Desde allí contemplamos el mercado flotante, que cambiaba a cada momento, con las canoas entrecruzándose en una escena animada y colorista. Las canoas vendían sus productos, pescados, vegetales, frutas, galletas...algunos los llevaban en recipientes de plástico o tapados por lonetas. Había una Mezquita flotante con dos minaretes. Y vimos una estatua tallada en madera, representando una canoa con dos barqueros manejando sus pértigas.












Nos cruzamos con pequeñas embarcaciones cargadas de forraje para el ganado o cañizo para construir los tejados de los palafitos. Algunas llevaban velas de colores para impulsar las barcas. Nos gustó mucho el pueblo de palafitos de Ganvié, su animado y colorido mercado flotante, y sus gentes.