miércoles, 26 de febrero de 2003

LAS RUINAS MAYAS DE COPÁN

 

En Honduras visitamos Copán, el sitio arqueológico de la antigua civilización maya. Del siglo V al siglo IX Copán estuvo vinculado con Tikal (Guatemala), y fue la capital de un importante reino del periodo Clásico y una poderosa ciudad-estado. 

Caminamos por un sendero desde la población hasta las ruinas. El entorno era selva de bosque tropical con grandes ceibas, el árbol sagrado maya. De los árboles caían cientos de hojas doradas, que volaban como mariposas. Las grandes raíces de los árboles se incrustaban en las piedras milenarias.


Leímos en la guía de Lonely Planet que el Conjunto Principal era el núcleo de la antigua ciudad con un área de 600 por 300 metros. Lo formaban la Acrópolis, el complejo real construido en el lado sur, y un conjunto de estructuras más pequeñas. Llegamos a la Gran Plaza con varias estelas de piedra con grabados. 

Las estelas eran del periodo entre el año 613 y 738, y estaban identificadas con letras: A, B, C, D, F o H. En la parte anterior tenían esculpida la efigie de un rey, como el llamado Dieciocho Conejo. Por detrás tenían columnas de jeroglíficos, de dibujos geométricos intrincados. En alguna se veían restos de la pintura roja original. Los relieves en la piedra estaban muy bien conservados. Nos gustó especialmente la estela B.



Estela B de Copán



Cerca estaba el Juego de Pelota mesoamericano, en una explanada con rampas. Lo decoraron con imágenes del guacamayo rojo, un ave destacada en la mitología maya, que vimos por allí. Junto a él la Escalinata de los Jeroglíficos, construida durante el reinado de Humo Caracol. Estaba protegida de las lluvias y soles por un tejadillo. Eran 63 escalones con la historia contada mediante varios millares de glifos de la casa real de Copán, flanqueados por rampas decoradas con más relieves y jeroglíficos. El altar frente a la escalinata tenía una serpiente emplumada con una cabeza humana emergiendo de su boca. 

Paseamos por el resto de estructuras y descansamos a la sombra de los árboles, tumbados en la hierba, o sentados en las piedras. Escribí el diario de viaje y hasta puede hacer algunos dibujos de los relieves. Leímos que en uno de los altares los arqueólogos habían descubierto huesos de 15 jaguares y varios guacamayos, probablemente sacrificados allí.





          





Estela H  de Copán

Bajo las ruinas habían excavado túneles abiertos al público desde 1999. Leímos que visitarlos podía ser una experiencia emocionante y tal vez una ocasión única por si los cerraban en el futuro. El túnel Rosalila era corto y tenía unas ventanas con cristales para poder ver la gran máscara esculpida en la piedra y bastante deteriorada. El Templo de Rosalila estaba construido sobre otra estructura, ya que los mayas al cambiar los reinados solían destruir los templos y construir sobre lo destruido. El túnel de los Jaguares era más largo, con 700m, pero no estaba abierto al público totalmente. En él estaba la Tumba Galindo, donde se habían hallados huesos, cuchillos y cuentas de collar de obsidiana. 

Estuvimos varias horas paseando entre las ruinas mayas entre la naturaleza, y admirando los históricos grabados tallados en la piedra, hasta que cerraron el recinto. Un merecido Patrimonio de la Humanidad.



Viaje y fotos realizados en 2003

jueves, 20 de febrero de 2003

BUCEO EN CAYO CAULKER


Desde Flores, en Guatemala, cogimos un autobús hacia Belize. Atravesamos la capital, Belmopan, de casas de dos plantas. Luego llegamos a Belize City y desde allí cogimos una barca hasta Cayo Caulker, un trayecto de unos 45 minutos. 

Los Cayos eran islas dentro de la barrera del arrecife. Al llegar a la playa se veían a lo lejos las crestas de espuma y se oía el rugido de las olas. El color del Mar Caribe era muy bonito, alternando franjas de verde y azul turquesa. Nos alojamos en los bungalows de Ignacio, un hippie de la isla. Los bungalows pintados de lila, eran palafitos frente al mar, entre palmeras. Compartimos el bungalow con otro inquilino, una iguana de casi dos palmos. Salía a tomar el sol en los tablones del porche y huía cuando nos acercábamos demasiado.


Las palmeras inclinaban sus troncos hacia el mar. En la playa habían construido varios embarcaderos, ya que la marea baja dificultaba el acceso de las embarcaciones. Nos bañamos junto al muelle principal. Cerca había grupos de pelícanos, bañándose como nosotros en el mar. En primera línea de playa había un cementerio, con las mejores vistas para la eternidad. 

El pueblo de Cayo Caulker estaba formado básicamente por dos calles paralelas. Eran calles de arena, sin pavimentar, y los únicos vehículos eran bicicletas y buggies eléctricos y silenciosos. Había pocos buggies y no molestaban. Unos cuantos bares y restaurantes, algún supermercado y un banco. Algunos hablaban español con acento cubano. Había población negra y bastantes rastafaris con su estilo inconfundible, con las gorras coloridas abultadas por las trenzas.


Al día siguiente contratamos una excursión en el chiringuito de Carlos Ayala, para hacer buceo en el Parque de los Corales. Alquilamos las aletas y las máscaras. Fuimos en una lancha unas doce personas, con Carlos y Oswaldo, un chileno de larga melena que le ayudaba. Hicimos dos inmersiones por la mañana, nos dejaron una hora para comer en Cayo San Pedro, y por la tarde hicimos la última inmersión. 

Nada más sumergirnos vimos grandes tortugas marinas cerca de nosotros. Flotaban ligeras en el agua con su gran caparazón, moviendo la cabeza y las aletas. También vimos varias rayas de color gris oscuro, con su afilada cola y movimientos ondulantes. Casi siempre iban en parejas, una estaba camuflada, semienterrada en la arena blanca del fondo. Tuvimos la suerte de ver una raya águila, tal vez un poco más ancha y con manchas en su piel.




Hubo momentos en que estábamos rodeados de grandes peces que se cruzaban entre nuestras piernas. Vimos peces trompeta alargados, otros amarillos, rayados, azul eléctrico y el pez rainbow, con todos los colores del arco iris. Cerca nadaba un pequeño tiburón con las aletas dorsales, se perdió en el límite del abismo de la barrera de coral. A veces íbamos nadando bordeando el límite de ese abismo, envueltos en ese silencio acústico que siempre nos impresionaba.  Si sacabas la cabeza fuera del agua, oías el rugido de las olas cuando rompían en el arrecife. Hicimos las fotos con una cámara submarina desechable de Fotoprix. Fue un gran snorkel.




Entre los corales vimos corales tubulares como dedos que se movían con la corriente, de color verde claro, corales ramificados (como uno que llamaban “abanico real” de color lila) y los corales con surcos en forma de laberintos. También había plantas acuáticas en el fondo arenoso, las praderas de posidonia submarina


Javier persiguiendo peces azules



Después de la primera inmersión hicimos una parada en Cayo San Pedro. Era la “isla bonita” de la canción de Madonna. Era más grande y urbanizada que Cayo Caulker, con más hoteles, bares y restaurantes. Y bastante más caro. Como lo habíamos leído, llevábamos víveres en la mochila. También vimos pelícanos por allí. Nos tumbamos en el pareo a la sombra de una palmera y contemplamos del mar verdeazulado. 

Regresamos a Cayo Caulker contentos y cansados. Nos duchamos en el bungalow lila y cenamos en “The poorman” pescado al grill con fríjoles y puré de papas con ajito. Al día siguiente partimos hacia Punta Gorda, en el extremo sur, para cruzar de nuevo a Guatemala. Fue una breve incursión en Belize, de un par de días, pero la disfrutamos.









Viaje y fotos realizados en 2003


martes, 18 de febrero de 2003

LAS RUINAS MAYAS DE TIKAL

Desde Flores fuimos en bus, en un trayecto de una hora, hasta Tikal. El Parque Nacional de Tikal y sus ruinas mayas del año 700 d.C. eran Patrimonio de la Humanidad. Las ruinas estaban en medio de la selva, rodeadas de verde vegetación. Algunos templos todavía estaban envueltos de vegetación, formando colinas en las que habían crecido árboles con raíces retorcidas y con hojarasca. Así estaban cuando las descubrieron después de varios siglos de estar ocultas. 

Se oían los sonidos del canto de aves y los monos aulladores. Los monos quebraban las ramas al saltar y hacía caer las hojas. A nuestro paso por los caminos solitarios oímos los crujidos por todas partes. 

Para seguir el recorrido por las ruinas utilizamos el mapa de la guía de Lonely Planet. Leímos que para visitar todos los complejos principales era necesario andar unos 10km mínimo; los superamos con creces. Llevamos las mochilas pequeñas provistas de agua, cacahuetes y galletas saladas. El día amaneció húmedo y nublado, aunque lució el sol unas horas. 

Fuimos directos a la Gran Plaza, impresionante con dos grandes templos frente a frente, y varias estructuras laterales. Pasamos por el Templo 38, medio enterrado en una colina, que fue la primera que subimos. El Templo I era conocido como el Templo del Gran Jaguar, y fue construido en honor del rey Luna Doble Peine (curioso nombre), que estaba enterrado en él. Su construcción databa del año 734. Leímos que entre los presentes funerarios sepultados con el rey, había diversas espinas del pescado pastinaca, utilizadas habitualmente para punciones rituales con derramamiento de sangre, 180 objetos de jade, perlas y 90 clases de hueso con jeroglíficos grabados. Sus escaleras estaban cerradas por motivos de seguridad.




           

Frente a él estaba el Templo II, también llamado Templo de las Máscaras, con una altura de 38 metros. Fue el primero que subimos, trepando por sus altos escalones de piedra desgastada. Viendo la estatura de los guatemaltecos actuales, no pude evitar pensar en lo difícil que resultaría para un maya llegar a la cúspide, y más cargando pesos. Desde arriba contemplamos la panorámica de la plaza, despejada de vegetación, y las copas de los árboles de alrededor. 

Las estructuras laterales de la plaza recibían el nombre de Acrópolis Norte. Entre ella había dos enormes caretas de la pared, protegidas de las lluvias por unos tejadillos de cañas. La piedra estaba estaba muye desgastada y apenas distinguíamos el detalle de una oreja o el penacho de la cabeza. 

Seguimos el recorrido por la Acrópolis Central, que era un conjunto de patios y pequeñas salas como capillas. Pudo haber sido un Palacio en el que residió una familia de la nobleza de Tikal. 





Cercano estaba el Templo V, con las escaleras restauradas con piedra más blanca. La restauración había sido con cooperación de arqueólogos españoles. La subida no estaba permitida. En otros templos vimos un aviso que advertía: “Sube por su cuenta y riesgo”. 

Continuamos con la Plaza de los Siete Templos, y el Mundo Perdido con una pirámide central de 32m de alto. Subimos hasta la cima, que no estaba rematada por ninguna cresta, como la del Templo I. 

El Templo IV de 64m, era el más alto de Tikal y el segundo de toda la América     precolombina tras el Tigre en el Mirador en Guatemala. También culminamos la ascensión, conscientes de las agujetas que tendríamos al día siguiente. Después vimos varios complejos con nombre de letras: O, Q, R…Recuerdo especialmente el complejo Q porque lo dibujé sentada en la hierba, y porque frente a la pirámide tenía estelas y altares circulares.








Dejamos para el final el Templo VI, o Templo de las inscripciones, que estaba más alejado. Después de descansar en la hierba y comer algo en la Gran Plaza emprendimos el camino de vuelta. Estábamos solos y vimos pavos reales de cola azul eléctrico y ardillas de larga cola empinada, que huían a nuestro paso. La luz del día se atenuaba y las pirámides imponían su presencia. Los bloques de piedra estaban ennegrecidos por los años y las lluvias. Algunos tenían musgo verde. Impresionaba pensar que en todas aquellas ruinas había vivido hasta cien mil personas, en unos 30km2, y que era un misterio el declive de la civilización maya. 

Nos descalzamos para sentir la hierba y nos dejamos envolver por el canto de las aves y el concierto de gritos y rugidos de los monos aulladores, los verdaderos habitantes en la actualidad de la ciudad maya.





Viaje y fotos realizados en 2003