Mostrando entradas con la etiqueta calabazas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta calabazas. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de febrero de 2026

CAMERÚN: EL PALACIO DEL SULTÁN



Foumbam es el único Sultanato Bamoun de la región. Visitamos su Palacio Real Bamoum, también llamado Palacio del Sultán. La entrada está custodiada por una enorme araña (símbolo del trabajo, la paciencia y la diligencia) y una serpiente bicéfala (símbolo de vigilancia y poder).

En los muros hay retratos de los sultanes o reyes, y de sus esposas las reinas, incluso dos reinas gemelas. También hay dibujos geométricos como los que se estampan en las telas llamadas ndop.


La verja de entrada tiene dos serpientes doradas que envuelven una araña. El Palacio Real, Bamoun fue diseñado por el rey Njoya entre 1918 y 1922, uniendo influencias alemanas con elementos orientales y arquitectura tradicional africana. Es un edificio rojizo de tres plantas, con aspecto de castillo medieval. La fachada tiene muchos arcos y un torreón central con balcón de madera.





Visitamos el Museo Real, instalado bajo la araña gigante. Entramos por la boca de la serpiente. Las fotos están prohibidas y nos meten el móvil en una funda opaca. Exhibe todo tipo de artefactos: máscaras, bastones reales, tocados y ropajes, escudos, campanas, plumeros para danzas, pipas, etc. Nos impresionan las ropas de uno de los sultanes que medía 2,60m de altura y sus gigantescos brazaletes. Realidad o leyenda? 

En la sala central está el trono y el manto de entronización del rey, con dos capas confeccionadas con plumas de aves nocturnas. A cada lado del trono hay escudos con la serpiente de dos cabezas y figuras de gemelos.

En la Sala de Sociedades Secretas se exhiben campanas dobles cuyos sonidos motivaban a los guerreros a la batalla, también luchaban mujeres. Además cráneos de animales y una gran calabaza adornada con mandíbulas inferiores de los enemigos. Bastante tétrica.

Al salir del Palacio del Sultán nos saludó una hija de la familia real, vestida elegantemente y se prestó a hacerse unas fotos. 


Luego curioseamos el Mercado de Artesanía, con máscaras de arcilla de todo tipo, objetos de bronce o madera, pipas, tambores y reproducción de armas tradicionales. Hay máscaras blancas alargadas de 1m. 

Una curiosidad son las pequeñas máscaras-pasaporte, usadas cuando no había documentos de identidad. Se enseñaban en la frontera para poder pasar, una forma de identificar la etnia de origen y su status social.



Nuestro anfitrión del Palacio nos lleva a ver una Fundición. Allí nos enseñaron los moldes de arcilla, que recubren con excremento de vaca, alisan y cubren con una fina capa de acero ligero. Luego las entierran un tiempo, para conseguir diferentes coloraciones, más metálicas, amarillentas o verdosas. Quedan unas estatuas realmente curiosas.



jueves, 24 de mayo de 2012

UN POBLADO HIMBA




El poblado tenía una empalizada circular de troncos. Entramos al mismo tiempo que un rebaño de cabras, que un niño se puso a ordeñar. Había varias chozas de adobe con techo cónico de cañizo y varias mujeres alrededor, ocupadas en sus quehaceres. Unas amamantaban a sus bebes; otras tostaban mazorcas de maíz; otras estaban sentadas a la puerta de sus chozas hablando entre ellas; otras trabajaban una piel de cabra para hacer vestidos. Una abuela sentada en el suelo, batía leche en una calabaza.

Las mujeres tenían la piel teñida de un color rojizo intenso, por untarse la mezcla de manteca, mixtura ocre y resina aromática, que servía de protector solar y repelente de insectos. Era su modo de asearse porque nunca se lavaban con agua; sólo utilizaban cenizas y el ungüento rojizo. Su piel se veía brillante y preciosa.


 

Pude hablar con ellas y preguntarles sobre todo lo que quise y se me ocurrió: su edad, sus hijos, el peinado, la vivienda, sus tareas, su vida…Nos dijeron que en una cabaña dormían unas seis u ocho personas. Tardaban tres días en hacer las trenzas y elaborar su peinado que duraba de tres a cinco meses. Las trenzas se envolvían en barro rojo y acaban con una extensión en forma de plumero o pompón negro. Su dieta se basaba en la leche y la harina de mijo, elaborando una especie de polenta.



 

Las cabañas estaban hechas con ramas entrelazadas del árbol llamado Mopane,  estiércol y arena, y duraban unos cinco años. Entramos en una y nos sentamos en el suelo. Tenían un palo central que servía de división, a un lado dormían los hombres y al otro las mujeres. En el centro también estaba el fuego, que era muy importante para los Himbas, con connotaciones sagradas. Siempre tenía que haber algún fuego y había mujeres encargadas de custodiarlo. La llama se mantiene viva noche y día, y se traslada de poblado en poblado cuando migran en busca de nuevos pastos.

Alrededor de las paredes colgaban pieles curtidas, incluso un traje de boda con adornos, calabazas y mantas modernas envueltas en plástico. Los Himba son pueblos seminómadas que viven del ganado. Conocían el turismo y la forma de vida occidental desde los años noventa aproximadamente, pero seguían manteniendo su forma de vida tradicional. La pregunta inevitable era hasta cuándo.





© Copyright 2012 Nuria Millet Gallego

viernes, 16 de octubre de 1998

EL PARQUE NACIONAL MAGO

Desde Jinka visitamos el Parque Nacional Mago, donde vivían gentes de la etnia Mursi. Fuimos con todoterreno por pistas embarradas. En la temporada de lluvias aquellas pistas eran intransitables. Además, cruzamos cauces de pequeños arroyuelos, que seguramente bajarían como torrentes crecidos. 

El Parque Mago era zona de moscas tsé-tsé. Pensé en como se diferenciarían de otros moscardones, pero en cuanto las vi no tuve dudas. Empezaron a aparecer amenazadoramente en forma de nube alrededor del coche, y aunque cerramos las ventanillas no pudimos evitar que entrara alguna. Empezamos a matarlas con la guía de Etiopía, que era gorda. El mapa también servía de matamoscas, aunque la guía era más eficaz. Las moscas revoloteaban entre nosotros, y mostraron una marcada preferencia por la cabeza de nuestro guía. El tramo con moscas tsé-tsé duró más de dos horas, luego se esfumaron.


Después de más de tres horas de mala pista, calor sofocante y agobiantes moscas tsé-tsé, llegamos a un río. Allí había mujeres mursi y algún niño. Al para y bajar del coche aparecieron más. Llevaban platos de arcilla insertados en el labio inferior. Algunos eran de un diámetro de unos 10cm. No queríamos ni imaginar lo doloroso que debía ser el proceso de dilatación de la piel del labio. Vimos como una de ellas se lo sacaba y quedaba un colgajo de labio. Resultaba bastante impactante. Para los mursi, según su tradición, el plato era un ornamento que embellecía a las mujeres.

Encontramos un grupo de hombres mursi que iban de caza, según nos dijeron. Llevaban algún fusil a la espalda. Sobrevivían con la caza y la agricultura. Tres de ellos iban totalmente desnudos. Era curioso que no se protegiesen ni los genitales. Hasta en Papúa Nueva Guinea se protegían el pene con una vaina de calabaza. Fue un breve contacto. Todos nos sonrieron y nos miraron con curiosidad, como nosotros a ellos.



Algunas mujeres y niños tenían puntos blancos dibujados en la piel de la cara, o sobre el pecho desnudo y los brazos. Otras tenían escarificaciones, los tatuajes con relieve en la piel, como algunas mujeres Hamer. Pensamos en cuánto tiempo podrían mantener aquellos poblados mursis sus tradiciones y forma de vida.


miércoles, 14 de octubre de 1998

EL PARQUE NACIONAL OMO

Levantamos el campamento y fuimos a visitar el Parque Nacional de Omo. Nos acompañó un chaval llamado Guele, armado con un fusil Kalashnikov. Por el camino encontramos muchos termiteros gigantes, alargados con la base ancha, y más altos que una persona. De vez en cuando se cruzaban pequeños antílopes y gallinas de guinea por la pista. También vimos aves planeando en el aire caliente. También encontramos grandes rebaños de bueyes y cabras, que invadían la pista y rodeaban nuestro vehículo. No se apartaban aunque tocaras el claxon, sabían que era su territorio. Etiopía era un país eminentemente agrícola y ganadero. Al llegar al río Omo había otro gran rebaño bebiendo.


Cruzamos el río Omo, de unos 500m de anchura, en una canoa hecha de un tronco de árbol vaciado. El agua era de color fangoso por el lodo que arrastraba, y la corriente tenía bastante fuerza. Alcanzamos la otra orilla, donde había una pequeña aldea. A partir de allí hicimos una caminata de 5km en el día más caluroso de todo el viaje, con temperatura de 40º. El paisaje era muy árido y seco, con una luz anaranjada.


Llegamos a otra aldea en un terreno plano y bastante seco, con varias chozas circulares. Estaban hechas con cañas troncos y algún trozo de uralita oculto entre las cañas. De algunas chozas donde cocinaban, salía un humillo. 

Había algunas chicas jóvenes peinadas con trencitas, con el pecho descubierto, y que se adornaban con collares, brazaletes en los brazos y cintas en el pelo. Eran tímidas, pero nos mostraron el interior de las chozas y accedieron a fotografiarse. Nos mostraron sus Borkotas, los reposacabezas de madera que utilizaban para dormir y también como asiento. Los etíopes lo solían transportar cogidos por el asa. La madera estaba labrada, con dibujos geométricos que variaban según la tribu.




En el exterior de las chozas, sobre una construcción elevada de troncos, almacenaban el mijo, sorgo y maíz, para mantenerlo en alto fuera del alcance de los animales. Utilizaban calabazas para guardar cosas, como en toda Etiopía. Fuera de las chozas se veía poca gente, y no era extraño con el calor que hacía. Algunos se agrupaban bajo la sombra de un árbol. Los hombres estaban trabajando en el campo.

Al final de la excursión y al despedirnos de Guele, nuestro joven guardián del Kalsnikov, le compramos su borkota, que guardamos como recuerdo en casa. El Parque Nacional Omo era Patrimonio de la Humanidad. Fue curioso comprobar como aquellos pueblos mantenían su forma de vida tradicional, en unas condiciones bastante difíciles.


           






martes, 13 de octubre de 1998

EL MERCADO DE DIMEKA


Cada día en el viaje por Etiopía parecía superar al anterior. Y aquel día en la ruta por el surcerca del río Omo, fue especial. Desde Konso y Weyto fuimos al mercado de Dimeka. Por el camino vimos a los primeros Hamer, una etnia que conservaba su indumentaria tradicional tribal. Las mujeres llevaban pequeñas trencitas colgando en una melena corta, y untadas con una pasta rojiza, elaborada con grasa y el colorante que obtenían de machacar las cochinillas., según nos dijeron, aunque también mezclaban barro con grasas animales. Era similar a los Himbas de Namibia.



Usaban pendientes diversos horadando los lóbulos de las orejas, y a veces unos simples tronquitos. Los collares y bandas ornamentales de varias hileras de cauris, las conchas africanas, tapaban a medias los pechos de las mujeres. Una mujer llevaba colgada una llave, no sabíamos si abriría algo o era decorativa. Vestían una falda hecha de pieles con adornos de abalorios de colores. Una vestimenta que apenas había variado en siglos. 

Algunos hombres tenían escarificaciones y también llevaban collares, brazaletes y el pelo trenzado, o usaban sombreros peculiares. La decoración de sus cuerpos era reflejo de status social.


En el mercado de Dimeka la gente estaba ocupada con sus tareas, la mayoría sentadas en el suelo terroso, ofreciendo sus productos.. Utilizaban las calabazas como recipientes para la leche, cereales de distintos tipos o mantequilla. Vimos un hombre saciando su sed, bebiendo directamente de la calabaza. También vendían gallos vivos, tubérculos o bananas; compramos un racimo de diez bananas por 1 birr, la moneda etíope. Al lado había otro mercado de ganado, con vacas, bueyes y cabrasLos Hamer se dedicaban a la agricultura y al pastoreo. Más que las mercancías en sí, no nos cansábamos de ver el ambiente y la indumentaria de la gente. Fue un viaje en el tiempo.