viernes, 15 de mayo de 2009

EL AGUJERO AZUL DEL MAR ROJO




Los corales formaban una pared vertical que se hundía en las profundidades del Mar Rojo. Allí se acumulaban peces de todos los tipos, tamaños y colores: peces naranjas, amarillos, rojos. plateados, con franjas negras, verdes y azulados.

Había corales ramificados y otros con forma de laberinto o cerebro, erizos con púas rojas, valvas azules y onduladas que se abrían como bocas hambrientas, anémonas rosadas como dedos buscadores...




Decían que el Mar Rojo era uno de los mejores lugares para practicar submarinismo, después de la Gran Barrera de Coral Australiana y de otras zonas del Caribe y del Índico. Habíamos probado en todos esos lugares y siempre era un espectáculo fascinante contemplar la vida submarina. Nos olvidábamos del tiempo en medio de aquel silencio y mecidos por el suave oleaje.

En Dahab, en la Península del Sinaí, buceamos con tubo y aletas, disfrutamos del mar y en las tumbonas de la playa, tomando zumos de limón, barracuda y calamares con tahina, la rica pasta de sésamo. Mientras, algún camello pasaba indiferente a nuestro lado con su paso cansino. Uno de los camellos había elegido un cartel indicador del lugar, como un instrumento para rascarse. Se frotaba contra el palo aliviando sus picores.

 
 
La zona llamada Blue Hole era conocida porque habían fallecido varios submarinistas, buscando el gran arco de coral que se abría al océano. Arriesgaban demasiado, se quedaban sin oxígeno, y entraban en narcosis sin advertirlo. Decían que la profundidad del agujero podía ser de 130 metros. Impresionaba encontrar en las rocas de la playa las lápidas de recuerdo de los jóvenes submarinistas. Y lo que más fascinaba es que fallecieron en la búsqueda de un sueño. 

domingo, 10 de mayo de 2009

LOS TEMPLOS DE ABU SIMBEL

Un convoy custodiado por la policía partió a las cuatro de la madrugada de Asuán, en total oscuridad.  Cuando empezó a clarear vimos un paisaje desértico, con montones de arena invadiendo el asfalto. La meta nos deslumbró. Abu Simbel estaba formado por dos templos junto al río Nilo: el Templo de Ramsés II y el Templo de Hator. 

Al construir la presa de Asuán trasladaron los templos desmontándolos pieza por pieza. Los trabajos duraron cinco años, desde 1963 a 1968. Por más que miramos los muros no entendíamos como había sido posible llevar a cabo aquella obra sin romper los bloques, y además no notamos el ensamblaje.



El Templo de Ramsés II estaba bajo una montaña arenosa artificial. El original fue Es uno de los seis hipogeos excavado en la roca que se edificaron en Nubia durante su reinado. La fachada tenía 33m de alto. Cuatro estatuas colosales del faraón custodiaban la entrada, como centinelas gigantescos. Las figuras eran de más de 20m de altura y resultaban imponentes. Leímos que la construcción del templo quería impresionar a los vecinos del sur y reforzar la influencia de la religión egipcia en la región.



Entramos en el recinto interior y en algunas estancias estuvimos totalmente solos. Aunque había grupos de turistas estaban dispersos escuchando las explicaciones de los guías y no había casi ningún viajero por libre. Primero encontramos la sala hipóstila, con ocho grandes columnas con estatuas, las del lado izquierdo llevaban la corona blanca del Alto Egipto, y las del otro lado tenían la corona doble del Alto y el Bajo Egipto. 

Había grabados de figuras en la piedra, jeroglíficos y relieves muy bien conservados. Pasamos a otra sala con cuatro columnas y el Santuario Sagrado dedicado a los cuatro faraones divinizados: Ramsés, Ra, Amón y Ptah. La fotografía en el interior de los templos no estaba permitida.


Foto cortesía de Google

El Templo de Hator estaba cercano. Su fachada tallada en la roca tenía seis estatuas de 10m de altura, que representaban a Ramsés y Nefertiti de pie, con sus hijos. Dos hombres con chilabas blancas y turbantes eran los guardianes del templo, y nos dejaron fotografiar la gran llave con forma de ank, el símbolo del viento. 

En el recinto interior del templo estuvimos casi solos, había columnas con unos capiteles curiosos, con la forma bovina de Hator, como si fuera una peluca. Los templos de Abu Simbel eran de gran interés arqueológico, impresionantes, otra de las maravillas del viaje a Egipto.








Sobre una colina había una garita con una policía vigilando los alrededores. El último atentado terrorista fue a principios de 2009 y estábamos a 50km de la frontera con Sudán. Vimos el gran lago Nasser y la Presa de Asuán. Luego embarcamos para ir a la isla de Philae.


viernes, 8 de mayo de 2009

EL OASIS DE SIWA Y EL BAÑO DE CLEOPATRA



Desde Alejandría fuimos en bus hasta Siwa, en un trayecto de ocho horas. El pueblo tenía un ambiente tranquilo y algo aletargado. Se veían carromatos llevados por burros y se oían sus rebuznos por los rincones. 

La Fortaleza Shalil dominaba el pueblo, sobre una colina. Sus muros de adobe estaban medio derruidos y carcomidos, con formas extrañas, casi dalinianas. Esos muros habían sido construidos con un material conocido como Kershof, grandes trozos de sal procedentes del lago de las afueras mezclados con rocas y arcilla de la zona. Fue construida en el s. XII y era un laberinto de edificaciones de entre cuatro y cinco metros de altura. 



En sus calles vimos a un barbero rasurando la barba de su cliente al aire libre, y grupos de niñas revoltosas. Leímos en la guía de Lonely Planet que durante siglos pocos extranjeros eran admitidos en su interior, y menos aún salían para contarlo. La Mezquita tenía un alto minarete, aún en pie. Desde la parte alta de la Fortaleza Shalil contemplamos la puesta de sol.










Nos alojamos en el Shali Lodge, un precioso hotel de adobe en el interior del palmeral, con mucho encanto. Lo construyó el ecologista Munir Neamatallah. Las siete habitaciones estaban alrededor de un patio con anchas columnas. Tenía dos terrazas con cojines en el suelo, y otros salones para descansar. 

  



Al día siguiente fuimos en un taxi-burro, cubierto con un toldillo y asientos laterales, a ver el mítico Oasis de Siwa. No podía negarse que era un transporte tranquilo y ecológico, El palmeral era muy extenso., una gran mancha de verdor en el desierto dorado. La población vivía de la agricultura, con palmeras datileras y oliveras, regados con agua de pozos y manantiales.




En el oasis fuimos al baño de Cleopatra: una gran piscina de piedra circular con agua cristalina de manantial, rodeada de palmeras que se reflejan en la verde superficie. Y en aquella agua verdosa y fresca nos sumergimos, sintiendo la caricia de las algas que crecían en el fondo. Fuera leyenda o no, el lugar era un rincón idílico, digno de una reina.





 
 
 

Fuimos al Manantial de Fatmas, de forma circular y más pequeño que el baño de Cleopatra. En Ayhumi, a 4km de Siwa, vimos el Templo del Oráculo de Amón, uno de los oráculos más venerados del Mediterráneo (junto con el de Delfos) y el Templo de Um Ubayd, también dedicado a Amón y poco conservado.

Acabamos con la Montaña de los Muertos, un laberinto de tumbas excavadas en la roca. La colina estaba totalmente horadada. Leímos que las tumbas habían sido utilizadas como refugio cuando los italianos bombardearon el oasis durante la II Guerra Mundial, y que se conservaban algunas pinturas. Un guardia nos llevó a tres de ellas, protegidas con candados para protegerlas. 




Tras acabar nuestro tour-donkey por el Oasis de Siwa nos fuimos a un chill-out, con alfombras, coloridos tejidos en las paredes y cojines en el suelo. Pedimos lassi y tahine, la pasta de sésamo, y contemplamos como el aire movía las hojas de las palmeras.


Cleopatra, la soberana que intentó afirmar la independencia de Egipto ante Roma, representa el pasado. Creí ver el presente y el futuro en todas aquellas estudiantes reunidas en la explanada ante la Biblioteca de Alejandría, y en las niñas que encontramos en Siwa y por todo Egipto. Y aunque la tradición del velo negro se mantenga, es una pincelada en el presente. El futuro de Egipto se viste de colores claros. Ellas son el futuro.


lunes, 4 de mayo de 2009

LA MÍTICA ALEJANDRÍA



Desde que leí a Lawrence Durrell y su libro "El cuarteto de Alejandría" quise conocer esa ciudad. Y el deseo es una fuerza que empuja.
La ciudad de Justine, de Mountolive, de Balthazar, de Clea, de tantos otros personajes...La ciudad en sí era otro de los personajes de esa novela caleidoscópica.

Qué maravilla es conocer una ciudad siguiendo los pasos de personajes que te han hecho sentir, siguiendo el hilo de su historia. En esta esquina Justine se cruzó con Mountolive, en este café estuvo sentada Clea...Es un placer que sólo conocen los que disfrutan de la literatura.

Nos adentramos en el barrio turco y fumamos perfumados narguiles en los viejos cafetines. Curioseé en los zocos llenos de carnicerías, pescado fresco, verduras, esponjas naturales, frutas, dátiles y frutos secos, pan, dulces, olivas, quesos...

 


 

Entré en varias mezquitas, espectaculares por dentro y por fuera. Estaban enmarcadas por palmeras y tenían altos minaretes y cúpulas redondeadas con dibujos labrados en la piedra.

Vi la casa de Durrell, una fachada antigua con jardín. Imaginé.

Visité el Museo Kavafis, en la casa donde vivió. El edificio era precioso y habían mantenido las habitaciones tal como las dejó. Curioseé su escritorio y los objetos cotidianos de los que se rodeó. Su poesía "Itaca" me acompaña en todos los viajes desde hace mucho, mucho tiempo.

Recordé a otro escritor, Terenci Moix, un hedonista con el que comparto el origen y muchas palabras escritas, y que confesó que Alejandría era una de sus ciudades favoritas. También lo es para mí. Seguro que mi admirada Maruja Torres comparte esta opinión (además de su adorado Beirut). Es curioso como las personas se hacen querer a través de las palabras. Y así, algunos escritores nos hacen querer ciudades que desconocemos.


 

Paseé por la Corniche, a un lado el mar azul, al otro una línea de edificios centenarios con carácter. Algunos de los edificios estaban restaurados y otros en estado decadente, pero uno podía imaginar el esplendor de aquella ciudad cosmopolita que fue Alejandría. En el extremo de la escollera estaba la Fortaleza de Quatbey, construida sobre los restos del famoso y mítico faro de Alejandría, que estuvo en funcionamiento unos diecisiete siglos y que fue destruido por un terremoto.

En el último paseo por la Corniche observé una vez más las parejas jóvenes que sentadas en el muro contemplaban el Mediterráneo, ese Mediterráneo que nos une y nos separa.
 

Alejandría me dejó huella. Siempre será para mí una ciudad soñada, vivida y querida. Durrell fue uno de los culpables.


 
 

© Copyright 2015 Nuria Millet Gallego