jueves, 7 de enero de 2016

LA DANZA DEL ZANGBETO


El Grand Popó, la población costera de Benín, estaba de fiesta. Eran las celebraciones previas al 10 de enero, el día del Vudú, y nos dijeron que era posible ver una ceremonia de vudú. Vodou era el nombre de la religión que se originó en África Occidental, y llegó a Haití y Cuba con los esclavos Fon y Ewe del Reino de Dahomey. Mezcló el animismo con el catolicismo y la magia. Significaba "lo oculto" o "el misterio". Los sacerdotes tradicionales eran consultados por sus poderes de comunicar con los espíritus e interceder con ellos. Esta comunicación se alcanzaba a través de rituales que ofrecían regalos o sacrificios de vino de palma, pollos o cabras.


En la plaza había cuatro armazones de paja de colores de forma cónica, como pajares, de los que colgaban fetiches varios. Eran los llamados Zangbetos, los guardianes de la noche tradicionales del vudú en Benín y Togo, en la religión yoruba. Estaban coronados por altares de figuras humanas o animales (un elefante verde frente a otro amarillo). Un hombre esparció alrededor de ellos y de toda la plaza un polvo amarillo, que era harina con aceite de palma, bendiciendo el entorno. Otros hombres bebían y expulsaban el líquido sobre los armazones cónicos de paja.



Un grupo de músicos, tres tambores y varios metales tipo cencerros, animaban el ambiente. Era un sonido rítmico que contagiaba las ganas de bailar. Empezaron bailando los niños del pueblo y luego se unieron las mujeres. Movían hombros y pechos hacia atrás y delante, y doblaban las rodillas sacando el cuelo y meneándose. Todo un espectáculo. De repente se oyeron voces desde el interior de uno de los armazones de paja. Llevábamos una hora allí y no habíamos visto a nadie introduciéndose bajo los pajares. Entonces empezaron a moverse y girar. Giraban con vueltas cada vez más rápidas, como los derviches giradores de Turquía.



Nos explicaron que era la danza de los Zangbeto y los espíritus eran los que movían los armazones. Con la música rítmica de fondo giraban a velocidad creciente levantado el polvo en la plaza. Sólo los iniciados o asistentes, llamados kregbetos, podían tocar los Zangbetos. Eran un grupo de cuatro o cinco hombres, , corrían a su alrededor y parecían jugar con ellos. El ambiente no era solemne, nos hacían reír con las paradas bruscas, era una festividad para el pueblo.



El momento cumbre llegó con la demostración final. El Zangbeto estaba bailando y girando, de repente se paró en seco y uno de los asistentes levantó el armazón. Lo sorprendente fue que no había nadie dentro. No había manera de que hubiera salido una persona sin verla, ni tampoco parecía que podían esconderse entre la paja. Estábamos a pocos metros y nos quedamos atónitos. Eran los espíritus los que movían el Zangbeto.





© Copyright 2016 Nuria Millet Gallego

domingo, 3 de enero de 2016

EN PIRAGUA POR EL RÍO MONO

Desde Ouidah cogimos un taxi-brousse hasta Gran Popó. El taxi-brousse era el transporte local habitual en África Occidental; el nuestro lo cargaron con cajas de pescado en el maletero y el techo del vehículo, y durante el trayecto nos acompañó el olor a pescado. Pasamos por el Lago Aheme y el río Mono. En una hora llegamos al Grand Popó.


Nos alojamos en el hotel Sabores de África, frente a la playa. Era un bungalow circular rojo, verde y amarillo, con tejadillo cónico de paja. Estaba decorado con figuras y telas africanas y tenía cama con mosquitera. Muy coqueto.


En seguida nos pusimos el bañador y fuimos a explorar la playa de Grand Popó. En la playa había barcas de pescadores y cabañas entre palmeras. Quedaba algún viejo edificio colonial abandonado, que tuvo otros tiempos de esplendor. Los niños jugaban entre las barcas. El mar Atlántico del Golfo de Guinea tenía bastante oleaje y rompía con espuma en la orilla. 




Vimos como los pescadores sacaban las redes, estirando en hilera una larga cuerda. Las redes tenían una boya roja atada y se veía como se acercaban a la orilla lentamente por el peso de la captura, como una serpiente ondulante. Tardaron horas en sacar las redes.


Por la tarde cogimos una piragua de remo por el río Mono. Navegamos por una zona de manglares con sus raíces acuáticas, y pasamos entre algunos nenúfares flotantes. En los manglares atrapaban cangrejos y gambas. Nos enseñaron sus nansas, las cestas de mimbre de forma cónica para pescar las gambas. Tenían un orificio de entrada pequeño y como las gambas no sabían retroceder, se quedaban atrapadas.






Paramos en el pueblo de Hevé, sagrado para la religión animista y el vudú. Tenía fetiches a la entrada, salida y en las calles del pueblo, para que les protegiera de los malos espíritus. Eran figuras de piedra bastante amorfas, voluminosas, con caras con los ojos representados con cauris, algo inquietantes y tenebrosas.

En un árbol ataban telas de colores que representaban la tierra, el mal o la muerte. Nos despedimos de los espíritus protectores y fuimos al pueblo de Grand Popó, donde nos esperaba una ceremonia vudú.






viernes, 1 de enero de 2016

BENÍN: GANVIÉ Y SU MERCADO FLOTANTE

Ganvié fue nuestra primera etapa en el viaje por Benín. Era una población lacustre dentro del lago Nokoué, y sólo se podía acceder a ella en barco, desde el Puerto de Cotonú. Era conocida como la Venecia africana, y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996. Sus pobladores se establecieron en el lago en el s. XVI y XVII porque la religión del Dahomey prohibía a los guerreros entrar en el agua. El agua arrastraba plantas acuáticas flotantes, jacintos con la flor lila, y los palafitos se reflejaban en la superficie.





Su mercado flotante era un espectáculo de color. Lo recorrimos en una canoa motorizada, pero la mayoría eran canoas con pértiga, que manejaban las mujeres. Iban elegantemente vestidas con sus trajes de estampados multicolores, de estilo africano. También los niños llevaban las canoas con sus pértigas.

El cielo estaba cubierto por una neblina amarillenta, por la que se filtraban los rayos de sol. Nos dijeron que eran el Harmatán, el viento del desierto, cálido y polvoriento, que venía del norte. No era la mejor luz para las fotos, pero la escena era de gran belleza.





Casi no había terreno firme; todo eran palafitos flotantes. Los niños nos saludaban y las mujeres se ocupaban de sus tareas domésticas a la puerta de sus palafitos, entre palanganas y ropa tendida. Los cerdos correteaban entre las franjas de tierra, buscando entre las basuras. También se veían pequeñas cabras.

Los palafitos que servían de cuarto de baño eran anexos y tenían las paredes hechas con plásticos de bidones de gasolina. Paramos en el hotel Chez Raphael, otro palafito del que decían bromeando que tenía siete estrellas, porque el dueño lo había adornado con siete pináculos rematados con estrellas, como capricho. 



Desde allí contemplamos el mercado flotante, que cambiaba a cada momento, con las canoas entrecruzándose en una escena animada y colorista. Las canoas vendían sus productos, pescados, vegetales, frutas, galletas...algunos los llevaban en recipientes de plástico o tapados por lonetas. Había una Mezquita flotante con dos minaretes. Y vimos una estatua tallada en madera, representando una canoa con dos barqueros manejando sus pértigas.












Nos cruzamos con pequeñas embarcaciones cargadas de forraje para el ganado o cañizo para construir los tejados de los palafitos. Algunas llevaban velas de colores para impulsar las barcas. Nos gustó mucho el pueblo de palafitos de Ganvié, su animado y colorido mercado flotante, y sus gentes.