sábado, 11 de mayo de 2013

LOS COMERCIOS DE LILONGWE

 

 
 
Siempre me han gustado los mercados africanos. En Lilongwe, la capital de Malawi, encontramos atractivos mercados, llenos de color y de vida.
Lilongwe era una ciudad un tanto extraña. Lo más parecido a un centro era el casco antiguo, alrededor del mercado y la mezquita, la que llamaban Old Town. El resto era una ciudad dispersa y discontinua, con muchos solares sin construcciones, donde crecía la vegetación libremente.





El mercado estaba muy ambientado, sobre todo la zona de pescado seco, con sus montoncitos dispuestos simétricamente. Entre ellos encontramos langostas fritas y crujientes, un aperitivo original. Lo demás eran tiendecillas dispuestas de forma laberíntica, con estrechos pasillos, que ofrecían todo tipo de productos. Había muchos puestos de artículos de higiene y cremas hidratantes. La zona de los sastres era una de las más laboriosa y animada. Trabajaban entre telas multicolores, junto a sus máquinas de coser Singer y de marcas chinas.


 
Los carteles anunciadores de algunas tiendas eran bastante ilustrativos y de carácter inequívoco. Me gustaban los dibujos un tanto ingenuos en las fachadas exteriores. Podías encontrar tiendas de venta de chancletas coloridas, de productos domésticos, de móviles, o de extensiones de pelo para adornar los peinados de las bonitas mujeres de Malawi.
 
© Copyright 2013 Nuria Millet Gallego

martes, 7 de mayo de 2013

LA FORTALEZA DE LOS BAOBABS

 

 
En Malawi leí un interesante y completo artículo de Kate Evans sobre los baobabs., en la revista “The eye”. Lo traduje del inglés sobre la marcha y anoté en mi cuaderno de viajes algunos datos. Las diferentes partes del baobab se usan para fabricar redes de pesca, cuerdas, cestas, ropa, sombreros y zapatos. La corteza, la madera, las semillas y las hojas tienen uso en la medicina tradicional. Nos sorprendió saber que  el interior de los troncos se había utilizado para albergar pequeñas tiendas, bares, establos, paradas de autobús, prisiones, puestos de correos, nichos funerarios e incluso lavabos. Hay que admitir que eran usos imaginativos y originales.
Los baobabs son sinónimo del paisaje africano. Han sobrevivido a la agresividad de los elefantes y al contacto humano. En la II Guerra Mundial se usaron bulldozers, tanques militares y dinamita para eliminarlos, sin éxito. Permanecían arraigados al terreno con fuerza.


 
La primera descripción del baobab de la que se tiene constancia fue la del viajero tangerino Ibn Batuta, nacido en 1304, y que viajó por África fascinado por este espécimen único. David Livingstone también remarcó la circunferencia de varios baobabs en sus expediciones, e incluso talló sus iniciales en su corteza. Buscamos la histórica inscripción, pero naturalmente no la encontramos.
Los científicos no se ponen de acuerdo para determinar la antigüedad de estos árboles. La prueba del carbono determinó la antigüedad de 1.010 años de un ejemplar. En Malawi muchos dicen que por cada metro de circunferencia el árbol tiene 100 años de antigüedad.


 
El baobab más grande registrado en los años ochenta tenía 25m. de circunferencia y 33m. de altura. Sudáfrica tiene el mayor baobab del mundo con 46,8m. de circunferencia. Por eso creí acertada la cita del explorador alemán Friedrich Humboldt que describió a los baobabs como “los monumentos orgánicos más antiguos del planeta”.
Kate Evans acababa afirmando que en Malawi los baobabs forman parte de la historia de la tierra, de la cultura y de la gente, y añaden belleza y misterio al panorama africano. Después de contemplarlos y admirarlos era imposible no estar de acuerdo con ella.
 
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sábado, 4 de mayo de 2013

PESCADORES DE MALAWI

 




Durante el día la mayoría de las barcas permanecían varadas en las orillas del Lago Malawi, los pescadores dormían o descansaban unas horas, siempre escasas, y las redes se extendían en la arena, en espera. Al atardecer algunos recosían las redes con paciencia y empezaban a preparar los faroles que iluminarían la pesca nocturna.

El Lago Malawi tenía unas 500 especies de peces, 350 de ellos eran únicos en el lago. El pescado que ofrecían en los restaurantes era el Kampango (el pez gato) y el Chambo (parecido al pargo o dorada). Pero más populares eran las usipas, parecidas a nuestros boquerones, y las utakas, similares a nuestras sardinas, eran la base de su alimentación, acompañados de nsima, unas gachas de maíz espesas.




Vimos el regreso de los pescadores y hablamos con ellos, interesándonos por su trabajo y su vida. Tras la pesca y a falta de cámaras frigoríficas, preparaban hogueras para hervir el pescado en grandes calderos. Después lo colocaban en secaderos en esteras altas en la misma playa, junto a sus cabañas.

Otros se encargaban de voltear los pequeños peces plateados ayudándose con machetes. Un hombre joven nos dijo que ellos no pescaban, eran intermediarios, compraban la captura a los pescadores y se ocupaban de secarlo en aquel proceso laborioso, y de transportarlo a los mercados de la capital y otros lugares. Así  los pescadores podían dormir y descansar tendidos en sus chamizos de la playa, y recoser sus redes. Pero pagaban un precio a los intermediarios.


 



Mientras cenábamos unos sabrosos kampango y chambo, vimos en el horizonte de la noche oscura una larga hilera de luces alineadas. Eran los faroles de los pescadores, faenando. Y contemplando aquellas luces, el pescado de agua dulce nos supo diferente.

 



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jueves, 2 de mayo de 2013

El SUEÑO DE LIVINGSTONIA

 



Siempre ha habido soñadores a lo largo de la historia. En el s. XIX unos misioneros soñaron con establecer una misión en un lugar de gran belleza, a orillas del Lago Malawi. Ese lugar fue el Cabo Maclear. Pero la malaria, que causó una alta mortalidad entre la población, les obligó a cambiar el sueño. Lo intentaron en Bandawe, y también fracasaron allí por el mismo motivo.

Quisimos conocer ese sueño, conseguido en 1894. Ascendimos la montaña por una pista de tierra roja en mal estado por las lluvias pasadas, y llegamos a la mítica Livingstonia. Lo primero que hicimos fue visitar la histórica Stone House, la casa de Robert Law, el encargado de construir la misión en 1884. Se lo encargó la Iglesia Libre de Escocia, después de los dos intentos fallidos en el Cabo Maclear y en Bandawe.  La casa se había convertido en un coqueto museo con fotos de la época de los misioneros y del explorador David Livingstone, que pasó por aquí.




La casa exhibía objetos de la época, como un maletín de médico con instrumentos (Law y Livingstone fueron médicos), un teléfono, diarios, cartas…y el escritorio de Robert Law, con una máquina de escribir antigua, parecida a nuestra vieja Remington.

Fue una sorpresa agradable saber que podíamos alojarnos en la casa-museo por unas pocas kwachas, la moneda local. La casa estaba un poco destartalada, pero conservaba el encanto antiguo y sus suelos de maderas crujían de historia. No todos los días se tiene la oportunidad de dormir en un lugar histórico.





Al día siguiente visitamos la Iglesia, construida en piedra roja, con vidrieras de colores que representaban a Livingstone. En la plaza del pueblo había una campana que conmemoraba la fundación del Sínodo de Livingstonia. Los edificios de alrededor de ladrillo rojo estaban en buen estado, había un taller y un café que vendía miel y artesanía. Otros edificios originales de la época de la misión se utilizaban como Universidad y como dormitorios de los estudiantes. Visitamos también el Hospital, fundado a principios del s.XIX, uno de los más bonitos que hemos visto, con jardines y pabellones. La maternidad era la zona más concurrida.
Livingstonia conservaba el encanto, ubicada en la cima de la montaña, con vistas del precioso Lago Malawi y con sus edificios antiguos dispersos entre árboles. Un lugar especial en África.

 

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lunes, 29 de abril de 2013

EL TREN NAMPULA-CUAMBA






En el viaje por Mozambique hubo un trayecto de tren difícil de olvidar. Fue un recorrido de nueve horas, desde Nampula a Cuamba. El paisaje era precioso, muy verde con algunas formaciones rocosas y poblados de chozas con plataneros y cultivos de maíz.

Pero el verdadero espectáculo eran las paradas: la gente se agolpaba junto al tren y ofrecían bananas, mandioca, judías, manojos de zanahorias, buñuelos, limones, ajos, leña, pimientos, lechugas, caña de azúcar, pinchos de pollo o pollos enteros…Las mujeres cargaban a sus pequeños atados en pañuelos a la espalda, y acarreaban su mercancía en palanganas sobre la cabeza. Los niños nos saludaban festivamente y todo el mundo acudía a ver el paso del tren, convertido en el acontecimiento del día.




El tren estaba un poco destartalado y había conocido otros tiempos de esplendor. En el vagón restaurante quedaban mosaicos portugueses desgastados en la barra, y bancos de madera pintados de azul. Viajamos en un vagón de segunda clase, en un compartimento con seis personas. Uno era mozambiqueño, otro nigeriano y los otros dos estadounidenses. El mozambiqueño era periodista y trabajaba en la radio. El nigeriano viajaba por negocios. Y los estadounidenses eran jóvenes profesores de secundaria en escuelas rurales, voluntarios del Cuerpo de Paz en una estancia de dos años. Me admiró su determinación para comprometerse un periodo tan largo.

 
 

 
Nos cruzamos con otro tren que tenía escrito en sus vagones la frase publicitaria “Cualquier destino”. Nuestro destino era Cuamba, seguir el viaje y regresar a casa. Una niña preciosa nos miró desde la estación y me pregunté qué destino le esperaba.
 
 
 


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viernes, 26 de abril de 2013

ARCHIPIÉLAGO DE LAS QUIRIMBAS: ISLA QUIRIMBA

 




Caminamos a través de los manglares por un terreno pantanoso; el sendero estaba abierto a golpes de machete entre los manglares y nos hundíamos en un fango oscuro casi negro. Los troncos pequeños crecían hacía arriba formando un bosque de púas en el barro, con agujeros de los cangrejos, y pasamos por zonas con telarañas que se nos enganchaban. Llegamos  al embarcadero y cogimos una barca hasta la isla Quirimba.




Las playas eran de arena fina y blanca, con algunas palmeras y barcas varadas. Nos dimos un buen baño en las aguas transparentes y tranquilas, y tomamos cocos en la playa, el líquido y la pulpa. En el interior había más árboles de gruesos troncos, que ofrecían su buena sombra.


Luego paseamos por el pueblo de pescadores. Era más sencillo que la isla de Ibo, las casas eran chozas de cañas, adobe y piedras, entre palmeras.

Vimos las ruinas de una iglesia blanca que había quedado en desuso porque allí todos eran musulmanes, según nos dijeron. No faltaban las mezquitas, aunque pasaban desapercibidas porque no tenían minarete.




Algunos niños se asustaban al vernos, aquella era una isla bastante remota de Mozambique y no estaban acostumbrados a ver occidentales., aunque la mayoría sonreían al vernos, nos saludaban y nos miraban como una diversión. Vimos mujeres transportando pesados haces de leña sobre la cabeza, la leña era el único combustible allí. Otras mujeres estaban sentadas a la sombra de un árbol, limpiando el arroz. 










Para regresar a la isla de Ibo cogimos una barca sin motor. El barquero usó una pértiga para impulsarla, al estar la marea baja. Pero las olas llevaron la barca a aguas más profundas y estuvimos un rato a la deriva. Por fin llegamos, nos dejó a doscientos metro de la orilla y caminamos con el agua por los tobillos. Volvimos a caminar otra hora y media entre los manglares. Fue otro día fantástico en el precioso Archipiélago de las Quirimbas.