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martes, 8 de septiembre de 2026

PARQUE NACIONAL BANFF: COLUMBIA ICEFIELDS



El segundo día en en el Parque Nacional de Banff hacemos una excursión a Columbia Icefields, los campos de hielo alimentados por cinco glaciares. Vamos por la carretera panorámica Icefield Parkway, con vistas magnificas de las Montañas Rocosas y cumbres nevadas.

La primera parada es el lago Bow en la base de la montaña Crowfoot. Las aguas turquesas del lago están alimentadas por el Glaciar Crowfoot. Tiene vistas de picos imponentes y paisajes alpinos. 


Cerca está el lago Waterfowl, rodeado de bosques de coníferas y picos rocosos como el Monte Chephren, de forma piramidal al fondo.


Continuamos por la carretera Icefield Parkway y aparece majestuoso el Glaciar Athabasca, con un manto de hielo y nieve que luce al sol. Lo vemos en todo su esplendor desde la terraza del restaurante Altitude, frente a él. La lengua del glaciar que cae al valle es espectacular. Hay excursiones en vehículo todoterreno para caminar por el glaciar. Nos hubiera gustado pisar el hielo, pero resulta muy caro.



Nos apuntamos a recorrer la Plataforma Skywalk. Las entradas cuestan 47€. Es una plataforma o puente semicircular suspendido a 280m sobre el fondo del valle Sunwarpta. El recorrido es de 1km con paneles explicativos sobre los glaciares que cubrieron Norteamérica hace 3 millones de años. Desde la pasarela se ven las montañas nevadas y en la parte baja el río Athabasca y pequeñas cascadas en la ladera.

Leemos en los carteles que el proceso de formación de las Montañas Rocosas Canadienses empezó hace 100 millones de años. 



También explican la fauna de la zona: osos grizzly, osos negros, lobos, cabras montesas, carneros y aves (águilas, cuervos y otras aves acuáticas). Ese día solo vemos ardillas, pero volvemos entusiasmados de otra excursión por las Montañas Rocosas, disfrutando de su naturaleza.

jueves, 29 de mayo de 2025

RUTAS NEVADAS POR LADAKH



En la ruta por Ladakh pasamos por varios puertos de montaña, con preciosos paisajes nevados. De Manali a Padum había 275km de distancia, y tardamos 9 horas en recorrerlos. 

Atravesamos el Túnel de Atal, que horadaba la roca de la montaña a lo largo de 8,5km, pasando el Rohtang Pass. Era de reciente construcción y ahorraba mucho tiempo de trayecto. Tardamos 9 minutos cronometrados en pasarlo. Lo cruzamos dos veces, por su puerta sur y por su puerta norte. Se veían los picos nevados y nieve junto a la carretera.







Llegamos a Keylung y paramos en Darcha a tomar chai (té) calentito. Allí estaba el puente más largo de Himachal Pradesh.

Viajamos en el mes de mayo y encontramos muchos torrentes de agua que invadían la carretera y bloque de nieve en deshielo, que deterioraban el asfalto. Vimos muchos grupos de obreros trabajando por tramos, hombres y mujeres. Vivían en campamentos improvisados en la zona de obras, al ser lugares tan remotos. Un duro trabajo.



Ascendimos el Paso Shinkula a 5.053m de altitud, con mucha nieve en las cumbres, en las laderas y junto a la carretera. Las máquinas quitanieves abrieron camino. La carretera formaba un pasillo entre paredes de nieve congelada a ambos lados. Se veía nieve blanca resplandeciente y compacta. Las banderolas de colores ondeaban al viento, y había alguna stupa blanca en el camino.


De Padum a Leh encontramos el gran Glaciar Drang Drung. Su lengua central de nieve y hielo, blanquísima, descendía entre montañas. Unos lamas budistas admiraban el paisaje como nosotros, y se hacían fotos ante el glaciar.

Llegamos sl Paso Namikala y al Fatula Top con 4.108m (13.479 pies) de altitud.



En Leh, de camino al Monasterio de Diskit, pasamos el Khardungla Pass, con 5.359m de altitud, según Google Maps y 5.480m según el mojón.

Ruta Leh a Manali. El paisaje era bonito, con más montañas nevadas. Seguimos el curso del río Indo, que serpenteaba en el valle. Pasamos por cuatro puertos de montaña. El más alto era el Taglangla Pass de 5.328m. Lachungla Pass de 5.064m. Nakeela Pass de 4.738m. Baralachala Pass de 4.889m. Pura naturaleza. Unos paisajes de gran belleza y blancura deslumbrante, imposibles de olvidar.






miércoles, 18 de septiembre de 2013

BAJO EL GLACIAR

 
 

 

Había amanecido con sol y despejado, excepto algunas brumas alrededor de las montañas. Las torres defensivas del valle de Mestia se veían imponentes, recortándose contra el cielo azul. Se distinguían los picos nevados del monte Dalaqora hacia donde nos dirigíamos; formaba parte de la cordillera del Cáucaso, que separa Europa de Asia. Las laderas estaban repletas de bosques con algunos claros color verde esmeralda.

La ruta era hacia el Glaciar Chaaladi. Íbamos a ascender desde los 1490m. del punto de inicio hasta 1920m. Casi cuatrocientos treinta metros. A las dos horas de caminata llegamos al puente colgante sobre el río Mestiachala. Era de madera y de hierro oxidado. El río bajaba con fuerza, habíamos caminado paralelos a él, y sus aguas eran de un azul blanquecino. A la altura del puente se formaba un cañón natural.



 

La ascensión había sido bastante gradual, pero el último tramo fue el más empinado. Además era una pedrera que se hizo un poco pesada. Finalmente llegamos al pie del Glaciar Chaaladi. De las cumbres nevadas bajaba una lengua blanca que a nuestra altura se convertía en una morrena terrosa que arrastraba piedras.

El río surgía de una cueva bajo el glaciar, y hasta allí llegamos. Las paredes de la cueva era grueso hielo blanco con vetas verdosas. Nos acercamos a tocarlas. En algunas zonas el hielo goteaba derritiéndose bajo el sol y formando una ducha natural. Nos sentamos en las rocas a descansar, a comer las provisiones que llevábamos, y a contemplar el glaciar y el paisaje del valle entre cumbres nevadas. Un paisaje para guardar en la memoria.






 

Después de ocho horas de excursión la cena que nos preparó Tamila, nuestra anfitriona, fue espléndida. Una muestra de cocina tradicional georgiana: sopa con pasta y carne berenjenas guisadas, col preparada con salsa y ensalada de pepino y tomate. Y todos los platos servidos a la vez, en una mesa muy apetecible y colorida.
 
 
© Copyright 2014 Nuria Millet Gallego

lunes, 26 de noviembre de 2007

NAVEGANDO POR LOS CANALES CHILENOS

 

Desde Punta Arenas embarcamos en el Evangelistas, de la naviera Navimag, un barco de carga que transportaba ganado y pasajeros. Embarcamos a la una de la madrugada y nos pusimos a dormir. Pasamos por el Estrecho de Magallanes y a las siete nos despertó la megafonía informando de que pasábamos por La Angostura, el paso más estrecho de todo el trayecto. Salimos a cubierta y disfrutamos de un paisaje espectacular con montañas nevadas, reflejándose en la superficie del agua.


La tripulación nos informó de que íbamos a recorrer 1.500km en los tres días de travesía por los Canales Chilenos en el Océano Pacífico. Pasamos por el Golfo del Almirante Montt y a lo largo del día por los canales de Santa María, el estrecho Collingwood y el canal Sarmiento. El mar estaba muy tranquilo, al pasar entre canales, pero ya nos avisaron que después sería movido. 


Nos dejaron entrar en el Puente de Mando a curiosear. Vimos los instrumentos de navegación y pantallas de monitores que indicaban la profundidad del fondo marino. La tripulación nos enseñó un compás magnético, los cronómetros que medían la velocidad del viento y otros instrumentos que indicaban la posición y la dirección del barco. En el cuaderno de bitácora indicaban las horas en que finalizó la carga y la hora de zarpe de madrugada. Había dos pilotos y el capitán. Uno de los pilotos manejaba el compás sobre una carta marítima. Aunque tuvieran tantos instrumentos y GPS, el cálculo manual seguía siendo imprescindible.


Vimos el Glaciar Amalia, la lengua de hielo bajaba de la montaña. Las crestas del glaciar estaban manchadas de barro por la morrena. En el frente del glaciar se apreciaban los tonos azules y también las grietas. 

La tripulación nos ofreció interesantes charlas a bordo sobre los indios Kawesqar, sobre Puerto Montt y el archipiélago Chiloé y sobre los modismos chilenos. También proyectaron películas y tuvimos numerosas tertulias con otros viajeros, confraternizando con ellos y con los tripulantes en el transcurso de los días. 


Desembarcamos en Puerto Edén. Como no había un puerto grande vinieron a buscarnos embarcaciones pequeñas. El día estaba brumoso y lloviznó. Puerto Edén era una pequeña población de pescadores con una comunidad de indios Kawesqar. El día anterior nos dieron una charla interesante sobre estos indígenas, que no habían podido adaptarse al llamado “progreso”. 


El pueblo tenía unas pasarelas de madera como calle principal, y las construcciones eran de chapa y madera, muy modestas. Las mejores casas eran la escuela y la Oficina de Correos. Había un par de tiendas tipo colmado. Subimos al mirador para contemplar el entorno verde rodeado de mar. Las condiciones de vida de Puerto Edén nos parecieron bastante duras, en aquel aislamiento. Solo estaban comunicados a través del barco, un par de veces por semana. Total, que Puerto Edén ni tenía puerto, ni era el paraíso.



Pasamos por la Angostura Inglesa de unos 180m de anchura, y por el Canal Messier, que era el más profundo con unos 1300m. Allí estaba el Bajo Cotopaxi donde naufragó el barco inglés que le dio nombre. Posteriormente naufragó otro barco en 1970, el griego Capitán Leónidas, pero no se había hundido. Su casco oxidado y con musgo en la cubierta permanecía a flote en la superficie del mar, como un fantasma. La Armada Chilena había colocado un faro. Pasamos junto al pecio y lo vimos con los prismáticos desde el Puente de Mando. Lo vimos en el radar convertido en una raya amarilla. El radar también captaba las olas como pequeñas rayas.

Después pasamos por el Golfo de Penas, en mar abierto, donde el Océano Pacífico mostraba la falsedad de su nombre. Era la zona austral de Chile, conocida por sus temporales y fuertes vientos y corrientes  marinas . El barco empezó a bascular, meciéndose de un lado a otro. Nos situamos en la cubierta exterior de popa, más protegida del viento. Con un grupo de pasajeros jugamos a mantener las piernas abiertas y perdía el que primero dejara el punto de apoyo. Al superar el Golfo de Penas la tripulación nos informó de que las condiciones de la travesía fueron favorables, con vientos de 30km y olas de 5m de altura, pero podían llegar a 12m o más. Evitamos el mareo tomando las pastillas, pero no fue el caso de otros pasajeros. Así que tuvimos mucha suerte. 

El último día navegamos por la Bahía Anna Pink, por el Canal Pulluche, el Canal Moraleda (uno de los más anchos, con 4km) y por el Golfo de Corcovado. Al despertar llegamos a Puerto Montt, el final de trayecto. Fue un crucero poco convencional y fantástico, donde disfrutamos de paisajes únicos y maravillosos.