A las siete de la tarde
embarcamos en el Tao Jin, entre cientos de chinos. Salimos a la cubierta
exterior de popa, nos sentamos en una mesa y nos sirvieron té. A nuestro
alrededor los chinos comían cacahuetes, pollo y cerveza. Otros jugaban a
cartas.
Zarpamos de Chongqing ya anochecido, la ciudad se
iluminó y en sus rascacielos surgieron luces de fantasía. Por detrás de una
colina vimos fuegos artificiales, como si celebraran la partida. El río Yangtsé o río Azul, de 600km de longitud, es el mayor de China y del continente asiático. También es el tercer río más largo del mundo, tras el Amazonas y el Nilo.
Durante los tres días (y tres noches) de travesía por el río Yangtsé hicimos varias paradas para
visitar templos centenarios. Primero paramos en una montaña frente a la gran ciudad de Fengdú. Desembarcamos y a través de largas pasarelas metálicas ascendimos la montaña. El lugar era conocido como la "Ciudad Fantasma" por ser la morada de espíritus y fantasmas. Leímos que la ciudad se inundó en 2009.
Encontramos edificios con tejadillos, pabellones con puertas circulares y pagodas con incensarios de bronce, entre cuidados jardines. En el Palacio de los Fantasmas había estatuas de espíritus malignos, algunas atormentando a los infortunados humanos. Los jardines tenían cientos de macetas individuales con coloridas flores formando parterres y dibujos. Pensamos que con las nevadas y temperaturas frías, las macetas podían trasladarse a invernaderos para protegerlas. Lo bonito de la Ciudad Fantasma" eran sus construcciones de estilo chino y el entorno muy verde y dominando el río.
A las ocho de la tarde paramos en el Zhang Fei Temple, sobre una colina boscosa. Lo visitamos de noche, iluminado y lleno de misterio. En el interior albergaban esculturas de dioses y grandes tablillas de pizarra con caracteres chinos de calígrafos y poetas antiguos.
Otro día desembarcamos y un autobús nos llevó hasta el Templo Baidi Ching. Subimos muchas escaleras, entramos por una gran puerta amarilla decorada con pinturas murales y paseamos por pabellones y jardines. Lo bonito eran las edificaciones con tejadillos y pagodas. En el interior había esculturas pintadas que parecían de cartón piedra y reproducían escenas bélicas e históricas.
Pero lo más impresionante fue el paisaje. Las Tres Gargantas eran un desfiladero de paredes verticales de 900m de altura, repletas de verde vegetación. En Wushi cogimos una pequeña barca, cubierta con cañizo, para
recorrer una garganta más estrecha en un afluente del Yangtsé. Las paredes eran
de roca amarilla y gris y la vegetación aún era más abundante.
Las hendiduras
de la montaña estaban cubiertas por una hojarasca verde y mullida, que
disfrazaba la profundidad de las grietas. El agua, que en el Yangtsé era
marronosa, aquí era verde intenso. Ante nosotros las altas paredes parecían
cerrar el curso del río, pero era un efecto óptico, y la barca giraba y seguía
su paso.


En las paredes se veían
grutas y cuevas, y las formas de los picos estaban esculpidas por los vientos
con formas curiosas, de interés geológico. Habían construido largas pasarelas
adosadas al acantilado, por encima del río. Paramos en un antiguo asentamiento, del que quedaba un templo y una fuente de agua fresca, que traía suerte a todos el que la bebía y se lavaba las manos o la cara en ella.
Desembarcamos en Yichang, el destino final. Nos
despedimos del Tao Jin y en autobús fuimos hasta la Gran Presa del río Yangtsé. La consideraban el mayor proyecto de
ingeniería desde la construcción de la Gran Muralla. Y probablemente lo sería,
dada la complejidad y las dimensiones de su construcción. Con ese macroproyecto
se evitaron muchas muertes que causaban las grandes inundaciones en la zona,
pero había obligado a más de un millón de personas a desplazarse y supuso la
desaparición de muchos pueblos. Aunque la belleza del paisaje de las Tres
Gargantas y del curso del río Yangtsé permanecía.
© Copyright 2010 Nuria Millet Gallego